Santa Cruz de la Sierra

Cumpleaños

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Cumplo cincuenta años y no quiero que nadie lo sepa. Especialmente, ruego a cualquier poder metafísico para que no me llame ninguno de los miembros de mi familia política, los Sosa, un clan famoso por ser particularmente juerguista. Así que hoy me levanto tempranísimo sin que mi esposa Emmita se dé cuenta. Voy a caminar y caminar y caminar hasta que el día se termine, cuando ya sea tarde para felicitarme. La realidad es que no hago una caminata seria desde hace mucho tiempo. No sé cuándo exactamente dejé de ser activo, dinámico y… joven. Antes me encantaba pasear durante horas. El hecho de que justamente hoy me urja retomar esta vieja costumbre es sin duda algo sospechoso. Es una señal de que mi edad ya me pesa. Sí, lo reconozco: mis cincuenta años me molestan. Mientras pienso en mi fastidio, paso por el taller de mi esposa, en la calle Nataniel Aguirre. De pronto sale del taller el urubicheño Dámaso Vaca, restaurador y asistente de Emmita, y, sobre todo, uno de mis mejores amigos. Hablando de amigos, ahora sale también, detrás de Dámaso, el gran cineasta Tony Peredo, por cierto, contemporáneo mío. El urubicheño y el cineasta me abrazan; ambos son muy físicos y espontáneos. Resignado, acepto los abrazos y las felicitaciones. Dámaso me invita a desayunar con ellos en el taller. Resignado, acepto la invitación. Mientras miro un mesón de madera que se encuentra en un rincón, Tony me dice no sin malicia: “¡Guau, Allart! Tenés medio siglo de edad. Es hora de hacer un primer balance de tu vida. ¿Cómo juzgás todos tus logros?”. Le contesto: “¿Cuáles logros? Nunca he planeado nada en mi vida, nunca me he puesto ninguna meta. Entonces, ¿cómo voy a hablar de logros? Hasta ahora, todo ha sido pura improvisación. Y resulta ser que lo que siento a estas alturas de mi existencia es mucho cansancio, nada más”. Dámaso protesta: “¡Ay, qué balance tan deprimente! Mirá a Tony. Él también tiene medio siglo y está en la mejor forma de su vida”. Explico: “Lo que pasa es que Tony ya mostró mucho en su vida. Hizo una infinidad de películas, de las cuales, francamente, muchas son auténticas obras maestras”. Otra vez, Dámaso protesta: “¡Ay, peor, esto huele a envidia!”. Tony dice ahora: “Allart, querido, vos también ya hiciste mucho. Escribiste cientos de artículos, tres novelas, un montón de poemas, relatos breves… Bueno, en tus últimos textos se nota un poco de cansancio. Es verdad”. Dámaso enseña el mesón de madera y dice: “Por eso te construimos un escritorio de pie. Así podés escribir parado, mucho mejor. Vas a ver”. Dejo el taller, calladito. Camino y camino y camino hasta que este maldito día se termine.

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