Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (30)

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No sin vanidad le explico a la psicopedagoga del colegio “Adolfo Kolping” que mi esposa Emmita y yo solemos hablar italiano entre nosotros y que nuestro hijito Sebastián, escuchando todos los días ese idioma en la casa, lo aprendió de manera muy natural. La mujer asiente con la cabeza.

   —¿Y el alemán? —me pregunta—. No me diga que su hijo logró dominarlo sólo en un año en el kínder “Alemán”. Me temo que yo personalmente no podría jamás aprenderlo de manera natural.

   —Lo que pasa es que el alemán se parece mucho al holandés —le comento—. Por eso le resultó muy fácil a Sebastián aprenderlo. No creo que sea mérito de sus maestras del kínder “Alemán”.

   —Entonces, ¿usted es holandés? No lo sabía. Su nombre y sus dos apellidos me suenan como chino —admite la psicopedagoga y su observación no me agrada, pero su sonrisa me desarma. Luego me dice que Sebastián más de una vez le ha confesado que no quiere ser “nórdico”.

   —Ay, sí, lo sé. Se parece mucho más a su madre que a mí —reconozco—. Mejor así, supongo.

   —Volviendo al alemán y al italiano, hay un detalle que me causó curiosidad —dice la mujer ahora—. ¿Sabe usted que Sebastián aquí en el colegio siempre dibuja al mismo piloto sentado en un avión con un gran sombrero de vaquero? Dice que el piloto habla alemán e italiano. Y dice también que el piloto es el protagonista de una película de su tío Tony. ¿Quién es su tío Tony? No me diga que se trata del grandísimo y churrísimo cineasta Tony Peredo. Soy su fan número uno.

   —Sí, es él. Tony Peredo es mi mejor amigo —digo no sin celos—. También es el ídolo de mi hijo.

   —Ojalá viniera aquí al colegio para rodar una escena de su nueva película —medita la mujer—. A lo mejor deberíamos mejorar un poco el aspecto del patio central. Sebastián me dijo el otro día que quería que el patio de nuestro colegio fuera como el de la guardería “Pasitos”, lleno de tucanes y parabas. Me dijo también que quería bailar sobre las notas de una chovena en el patio.

   No puedo evitar decirle a la simpática psicopedagoga del colegio “Adolf Kolping” que, a mis ojos, se asemeja mucho a la maestra que Sebastián tenía cinco años atrás en la guardería “Pasitos”. Ella quiere saber si la maestra en cuestión acaso era “bonita” y “buena”. Y yo no puedo evitar decirle que era “bellísima” y “hasta ahora la mejor educadora que le ha tocado en suerte a mi hijito”.  Y repito no sin énfasis: “Hasta ahora”. Continuará.

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