Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (62)

Mientras los silbados del viento suenan cada vez más fuerte, mi hijto Sebastián quiere saber qué pasará con el bandolero Hurtado y con las dos hermosas primas después de la segunda escena. Le pregunta a su tío Tony si acaso deciden vivir juntos en la chacra de la abuela de las muchachas.

   —No, nada que ver —se entromete el taxista don Braulio Robles—. De acuerdo, los tres van a vivir juntos, pero las circunstancias los obligan a conducir una vida errante. Por lo menos durante un par de años las dos chicas lo acompañaron a Hurtado en sus aventuras y fechorías. Inclusive, estuvieron presentes cuando el bandido mató al “Gringo Kübert”, guía de una expedición militar.

   —Yo soñé con el “Gringo Kübert”—dice la enfermera—. Se parece mucho a usted, don Allart.

   Estoy asombrado e irritado a la vez. Mi hijito me mira no sin preocupación y niega con la cabeza.

   —Ay, por favor. No digas nada, papá —dice—. No quiero que vuelvas a pelear con la enfermera.

   —¿Qué hago? —pregunta el cineasta—. Estoy intrigado. Quiero saber cómo prosigue la historia.

   Entonces, Tony continúa leyendo. Y yo no tengo objeciones, no porque esté tan intrigado como él sino porque prefiero quedarme aquí en la clínica El Trompillo hasta que las terribles ráfagas de viento se aplaquen. Es decir, escucho cómo prosigue el relato de Hurtado por falta de alternativas.

   Ahora bien. Resulta ser que la tercera escena anotada en el misterioso cuaderno del paciente con las horribles quemaduras en todo el cuerpo comienza de la siguiente manera: “Hurtado no tardó en darse cuenta de que no hacía falta enseñarles a las encantadoras primas cómo hacer el amor. Eran amantes innatas. Sin embargo, no sabían nada de armas ni de instrumentos musicales. Menos mal que eran muchachas vivas, así que en un par de meses ya aprendieron disparar con el Winchester y tocar el clarinete y la guitarra. Y ellas, en cambio, le enseñaron al algo torpe bandido el arte de bailar. Los tres a menudo amenizaban juntes y fiestas durante su vagabundeo por los campos y pueblos del departamento de Santa Cruz. Una noche, durante los grandes festejos de la marcación de los terneros en una estancia, el valiente bandolero exhibió sus dos talentos más destacados: primero tocó unas melodías alegres que hicieron bailar y, sobre todo, beber a un entero pelotón de soldados, y luego mató a sangre fría a un guía al que le decían “Gringo Kübert”.

   —Ese gringo se parece a usted. Lo vi en mi sueño —repite la enfermera. Continuará.

 

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