Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (64)

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Mientras el viento no para de silbar y la tensión en el primer piso de la clínica El Trompillo no se disuelve, vemos cómo el imperturbable cineasta Tony Peredo pasa la página para seguir leyendo en voz alta. Aprendemos que la gran fiesta en la estancia terminó a bajas horas. Sólo cuando los últimos huéspedes se despidieron, Hurtado y sus adorables acompañantes decidieron retirarse también. Los tres se estaban encaminando hacia uno de los tantos cobertizos de la hacienda, cuando de pronto escucharon el martillazo de una pistola detrás de un árbol. Luego escucharon “¡bang!”, mientras Hurtado tiró a las dos primas al piso. Otra vez el desconocido martilló su arma, apuntando al bandolero quien ya había intuido que se trataba del “Gringo Kübert”. Hurtado corrió con rapidez felina hacia el cobarde para luego agarrar nuevamente con ambas manos la pistola y girarla. Sin embargo, esta vez no le asestó ningún formidable puñetazo. El temible bandido sabía que el problema debía ser resuelto definitivamente. Así que esta vez le disparó tres despiadados balazos en el rostro, agregando un asesinato más a su ya larga y famosa lista. Luego el bandolero y sus dos amantes recogieron sus cosas, montaron en sus bayos y escaparon del lugar del crimen, saltando las altísimas alambradas de siete hilos que rodeaban la estancia. Mientras tanto, los ignaros soldados, llenados con todo tipo de licor, siguieron durmiendo. El único que escuchó los tres disparos fue su comandante, el orgulloso capitán Víctor Velasco, quien buscó perseguirlos a los tres fugitivos. Sin embargo, hombre y caballo se rindieron ante el alambrado de siete hilos.

   —Pero en mi sueño las cosas ocurrieron de manera diferente —se atreve a decir la enfermera.

   Antes de que yo explote otra vez, mi hijito Sebastián interviene diciéndole a la insolente mujer:

   —Mejor no decirle nada a mi papá ahora. No sé qué tiene mi pobre papá, pero no está feliz.

   —Me va a disculpar, don Allart —dice el taxista don Braulio Robles no sin hesitación—. Sé que usted es iracundo, porque esta característica forma parte de la índole de los filósofos caprichosos, raros e inconcluyentes. Y sé también que ya no la soporta a nuestra enfermera aquí. Yo sólo la aguanto por su belleza, honestamente. Pero pienso también que el asesinato del gringo ese no ocurrió así. ¿No recuerda que hace cinco años consultamos el archivo del periódico “El Oriente”?

   —La próxima escena del cuaderno habla justamente de eso —avisa el cineasta. Continuará.

 

 

 

Allart Hoekzema Nieboer MIGAJAS

Visto 147 veces Modificado por última vez en Lunes, 22 Abril 2019 16:48

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