Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (68)

Mi suegra doña Josefina Del Valle Arreaza de Sosa, oriunda de Caripito, Venezuela, nos invitó a almorzar en la típica casa cruceña de antaño, frente a la plazuela de La Barranca. Al entrar al comedor con mi esposa Emmita y nuestro hijito Sebastián, vemos a mi suegro don Hugo Sosa sentado en una gran silla de madera con sus piernas tapadas por una manta de lana mientras dos almohadas apoyan su espalda. Resulta ser que don Hugo se cayó lastimando una de las vértebras lumbares. Está callado e inmóvil, con la mirada severa. Debe estar muy adolorido. Le digo que lo siento y que su figura tan rígida me recuerda al “Justo Juez” que Emmita acaba de restaurar.

   —Ay, Allart, ¡qué asociación tan ridícula! —dice mi esposa—. Mi pobre papi, lo estás ofendiendo.

   —Está bien, mi hija —dice don Hugo—. Ya estoy acostumbrado a la torpeza social de mi yerno.

   —¿Papá Hugo? —le dice Sebastián a su abuelo—. ¿Sabiás que mi mamá lo salvó al “Justo Juez”?

   —¡Por supuesto! —comenta mi suegro—. Tu abuela me mostró las fotos de la restauración. Fue un trabajo fantástico. Si lo recuerdo bien, debe haber una copia de esa escultura en Concepción.

   —No, papá. Está en Urubichá —explica Emmita—. Mi asistente Dámaso me lo mostró una vez.

   —Ah, sí, ahora me acuerdo —murmura don Hugo—. Lo transportaron de Santa Cruz de la Sierra a Guarayos. Formaba parte del famoso “Vuelo de los dos Jueces”. A mediados de los años veinte del siglo pasado, el piloto militar Horacio Vásquez, uno de los más grandes pioneros de la aviación cruceña, voló hacia Urubichá con dos pasajeros especiales, es decir, un juez instructor de carne y hueso y una escultura en madera del “Justo Juez”. El juez instructor iba a posicionar al nuevo subprefecto de la zona, un alemán, quien tenía las claras instrucciones de combatir el bandidaje.

   — ¿Volaron en un Junkers F 13? —quiere saber Sebastián, quien de nuevo juega con su comida, pero esta vez don Hugo no lo critica, probablemente por miedo a ser tildado de “aguafiestas”.

   —Sí, nene, creo que fue un Junkers F 13, tan alemán como el nuevo subprefecto —dice mi suegro—. De todas maneras, el “Justo Juez” fue un regalo para la comunidad guaraya de parte de un hacendado de nombre don Bernardo Chávez, un hombre bueno, generoso y gran amigo de mi padre. Ahora bien. La casualidad quiso que la escultura fuera utilizada por el juez instructor ese durante el acto de posesión. Continuará.

 

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