Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Viernes, 15 Noviembre 2019

Mi hijito Sebastián me despierta temprano en la mañana. Una lluvia torrencial azota el viejo techo de la casona cruceña de antaño de mis suegros donde seguimos haciendo vivac. “¡Papá, mira! ¡¿Viste la lluvia?! ¡Está lloviendo súper fuerte!”, exclama Sebastián. Le digo: “Lo sé, hijo. La lluvia empezó anoche, a las doce menos cuarto más o menos, y no ha parado”. Mi hijito me mira con aire conspiratorio y dice: “Fui yo”. Le pregunto: “¿En qué sentido?”. Sebastián repite: “Fui yo”. Indago: “¿Me estás diciendo que vos causaste la lluvia?”. Mi hijito explica: “Los que causaron la lluvia fueron los angelitos. Y el niño que rezó para que lo hicieran, fui yo. Se lo pedí con una oración muy especial”. Confieso: “Yo no sé nada de orar”. Sebastián dice con aplomo: “Lo sé, porque nunca vas a la iglesia. No lo entiendo. La iglesia de San Gabriel queda muy cerca, pero  nunca vas”. Repito: “No sé nada de orar. Sin embargo, no me parece de buen gusto pedir algo específico a través de una oración. Es decir, ¿cómo podés pretender que el azaroso Universo de repente cambie de rumbo? Huele a arrogancia pedir que el andamiento de las cosas se interrumpa por un capricho tuyo”. Mi hijito comenta: “Yo pido siempre favores a los angelitos. Y menos mal que me escuchan”. Observo: “Los angelitos no tienen nada que ver con esta lluvia. Vos sabés perfectamente cómo se forma la lluvia. Lo hemos leído varias veces en tu enciclopedia. Sabemos que las nubes están hechas de pequeñas gotas de agua y cuando las nubes se enfrían esas gotas se caen, ¿no es cierto?”. Sebastián dice: “Sí, papá, lo sé. Pero gracias a mi oración, los angelitos crearon un montón de nubes y luego se pusieron a soplar y soplar. Las nubes, entonces, sintieron frío y por eso cayeron las gotas de agua. Menos mal, en serio, porque la lluvia va a limpiar toda la ciudad. También va a limpiar mi colegio. Ayer olía muy feo en mi colegio, no sé por qué, pero ahora la lluvia va a solucionar todo”. Digo: “Tenemos que vestirte bien, mi hijito, con botas, impermeable y paraguas”. Mi hijito exulta: “¡Sí, papá, me encanta la lluvia! Anoche recé y recé y recé. Les pedí a los angelitos que nos mandaran muchísima agua, para los pobres animales en el campo, para las mascotas en las casas, para las aves en los árboles. Y también para nosotros, los seres humanos, los niños, los grandes, los abuelos. Para todos los bolivianos pedí agua. Necesitamos mojarnos todos, tomar agua, limpiarnos. ¿Lo podés creer? Fui yo”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Jueves, 14 Noviembre 2019

Estamos en el auto de mi esposa Emmita, de ida al colegio Adolfo Kolping. Nuestro hijito Sebastián está sentado en su silla de seguridad. Nos dice: “Tengo muchas ganas de volver al colegio. Extrañé mucho a mis compañeritos. También extrañé a las cotorritas en las ramas de los árboles frente al colegio. Menos mal que se acabó el paro”. Emmita le pregunta no sin desconfianza: “¿Estás hablando en serio, mi vida? ¿Estás contento de verdad?”. Sebastián dice: “Ay, mamá, ¿no me creés? Claro que estoy contento. Quiero volver al colegio y en la tarde quiero ir al zoológico y también al museo de historia natural”. Mi hijito toca mi hombro y pregunta: “Papá, ¿ya te sentís normal? Yo ya me siento normal. Durante el paro no me sentí normal. Fue un paro extraño, ¿no es cierto?”. Le digo: “Yo me siento normal también, por primera vez en más de tres semanas. Tenés razón, hijo. Fue un paro extraño. Hubo muchas cosas que me gustaron, sobre todo la calidad del aire. Vivir sin autos es una belleza. Pero ahora estoy contento, sobre todo porque ya no se siente la terrible tensión e incertidumbre”. Llegamos al colegio. Sebastián corre hacia su curso. Y Emmita y yo nos ponemos a charlar con María Helena, la psicopedagoga del Kolping. “Sebastián ha crecido en las últimas tres semanas. Está enorme. ¿Qué comió durante el paro?”, quiere saber María Helena. Emmita le dice: “No sé. Allart estuvo más con él. Yo trabajé en mi atelier mientras que ellos la pasaron en el bloqueo de la Madre India. Tal vez allí comieron mucho, es decir, más de lo normal”. La psicopedagoga indaga: “¿No será que Sebastián comió mucho por la tensión? Noté también que usted ha crecido, don Allart. Por lo menos, su barriga está más grande”. Confieso no sin sonrojo: “Sí, lo sé. Mi barriga está enorme. Es verdad, comimos bien y mucho durante el paro. La gente se mostró increíblemente generosa, en todos los bloqueos, no sólo en el nuestro. Vi muchos bloqueos en las últimas tres semanas”. Nos despedimos de María Helena. Propongo a Emmita: “Vamos a dar una vuelta en tu auto. Quiero ver cómo la gente ha dejado sus bloqueos. Quiero ver si los manifestantes se han portado bien hasta el final”. Pasamos por el cruce de la Madre India donde se han quedado tres toldos y una gran cantidad de escombros. Mi esposa exclama: “¡Qué barbaridad! Tu bloqueo es una vergüenza”. Digo con cobardía: “Sebastián y yo estábamos en el turno de la tarde. El turno de la noche no hizo su trabajo”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 13 Noviembre 2019

Yosalid Vedia, profesora de primero de primaria del colegio Adolfo Kolping, acaba de mandarnos tres hojas de tarea: dos de matemáticas y una de lenguaje. El impacto es como un tremendo trueno en un cielo despejado, es decir, no lo esperábamos en absoluto. Justo estaba con mi hijito Sebastián planificando nuestra jornada. Queríamos ir a nuestro querido bloqueo de la rotonda de la Madre India. Queríamos pasarla bien con los vecinos ya que, por fin, parece que está echada la suerte. Pero la tarea arruina todo. Sebastián me dice: “Vamos a quemar las hojas. Tienen que desaparecer. Decile a la profe que nosotros seguimos con las vacaciones”. Comento: “No podemos negar la realidad, me temo. Tenemos que ser responsables, hijo. El paro está por terminar. Fueron tres semanas sin igual, pero ahora hemos de retomar nuestras vidas. Y el colegio forma parte de nuestra vida”. Mi hijito me mira como si fuera un detestable judas y, de hecho, me dice que soy un “traidor”. Decido ignorar su mirada y su comentario. Nos sentamos en el patio trasero con un ábaco y un lápiz. “Primero te toca matemáticas. Hay que hacer sumas sencillas y sumas llevando con dos cifras. Y luego tenemos que leer dos cuentos, acerca del conejo Alejo y una niña llamada Chavelita”. Sebastián reniega: “¡Uf! ¡Qué cosa más aburrida, papá! Quiero ir al bloqueo. Quiero llevar mi Lego y jugar con mis amigos allí. No quiero estar aquí en el patio”. En este momento me llama el cineasta Tony Peredo, mi mejor amigo, quien pregunta: “¿Qué hacés? Ya no estás en el bloqueo, me imagino. Ya es un capítulo cerrado, ¿no es cierto? Estamos en la siguiente fase, es decir, la reconstrucción de un país”. Le digo: “Estoy aquí en mi casa. Tenemos que hacer tarea con Sebastián. El problema es que él no quiere. Él quiere que el paro continúe para siempre”. El cineasta medita: “Ahora la ciudadanía tiene una tarea colosal. Tenemos que aprender de una vez que una democracia sana necesita de ciudadanos críticos, gente que sepa que lo importante no es qué pensar sino cómo pensar. No somos rebaño. Somos todos individuos libres que no buscan a un redentor ni a un caudillo”. Repito: “Sebastián no quiere hacer tarea”. Tony dice: “Pasame con él”. El cineasta habla unos cinco minutos con mi hijito quien, al final, me dice: “Okey, vamos a hacer la tarea”. Le pregunto: “Pero, hijo, ¿qué te dijo tu tío Tony?”. Sebastián explica: “Me va a regalar la caja de Lego más grande que haya si me porto bien durante todo el último bimestre”.

Allart Hoekzema   MIGAJAS

Write on Martes, 12 Noviembre 2019

Mi padre, ex presidente del partido liberal de los Países Bajos, con un conocimiento histórico superior al mío, me llama por teléfono. Pregunta: “¿Y ahora, hijo? Entendemos aquí en Holanda que el Presidente de Bolivia renunció. ¿Cuál es la situación?”. Contesto: “Ay, papá, la situación es bastante confusa. El paro cívico sigue y, sinceramente, la tensión no está bajando. Hay varios incidentes, actos de violencia, quemas de casas, etcétera. Sin embargo, nuestro barrio El Trompillo sigue siendo un oasis de tranquilidad”. Mi padre indaga: “¿Y vos? ¿Seguís manifestando en el bloqueo de la Madre India?”. Confirmo: “Todos los días paso con tu nieto Sebastián a saludar y charlar. Y Sebastián sigue jugando allí con los niños del barrio. Hice varios recorridos por todos los bloqueos de la zona. Te cuento que el nuestro es uno de los más tranquilos. Hay de todo. Vi por ejemplo en el primer anillo, cerca del monumento de Melchor Pinto, un piquete muy divertido y tolerante, con gente amable y generosa. Tenían un cartel, dirigido a la gente que había votado por el Presidente, que decía: ‘Siéntense, únanse a nosotros. La estamos pasando mejor que ustedes’. Pero también hay bloqueos donde la gente se muestra muy arrogante e intransigente. A propósito, papá, ¿te acordás de mi amigo, el cineasta Tony Peredo?”. Mi padre dice: “Claro, lamentablemente no lo conozco en persona, pero sí, indirectamente, por tus relatos sobre él y, sobre todo, por las películas suyas que he visto. Su último filme, ‘HURTADO’, me gustó mucho”. Explico: “Bueno, Tony está en un bloqueo donde hubo muchísima tensión durante todo el paro. Él me contó que una de las líderes es una vieja alcohólica, súper aguerrida e intolerante. Esta vieja sigue cobrando a la gente que quiere pasar. Supuestamente, está cuidando bien a sus nietos aquí en Santa Cruz. Su hija trabaja en España y le manda plata para los niños. Pero esta sinvergüenza los tiene prácticamente abandonados. Gasta la plata en cerveza. Y, mientras tanto, se hace la gran opositora ‘justa’ y ‘valerosa’”. Mi papá observa: “La ironía de la historia quiere que entre los ‘justos’ a menudo haya gente de muy mala calidad. Y viceversa. Pero ahora ustedes tienen que estar particularmente atentos. La victoria para la oposición está cerca. Ahora lo que hay que evitar es revanchismo. El peligro de que vaya a haber persecuciones es grande. O sea, los ‘justos’ no tienen que volverse ‘jacobinos’. Hay que evitar el Terror. Hay que ser empático en la victoria. Que nadie se transforme en Robespierre”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Lunes, 11 Noviembre 2019

Estamos comiendo de la olla común preparada por mi esposa Emmita en su atelier en la calle Nataniel Aguirre, al lado de la capilla de San Gabriel. Entre nuestros comensales se encuentran nuestro hijito Sebastián, el urubicheño Dámaso Vaca, su hermano Bernardino Vaca, el costurero paceño José y el cineasta Tony Peredo. “Es la mejor papalisa que he comido en muchos años”, dice Dámaso. “Es que Emmita cocina con mucha imaginación y creatividad. Ella es una artista en todos los sentidos”, dice el cineasta. Mi esposa explica no sin modestia: “Lo que pasa es que estamos todos con hambre. La tensión acumulada en estas semanas de paro indefinido ha quemado mucha energía. Y cuando uno está con hambre aprecia cualquier comida”. El costurero paceño José mira mi plato. No he tomado ni una cucharada de la papalisa. Me pregunta: “¿Por qué no está comiendo, don Allart? ¿No se siente bien?”. Confieso: “Estoy con nauseas. Siento mucho dolor en mi pie. La tensión acumulada en estas semanas de paro indefinido ha causado acidez en mis músculos. Mi tobillo debe estar lleno de toxinas”. Dámaso dice: “Ya eras un tipo bastante sedentario, como la mayoría de los periodistas de aquí. Pero ahora estás peor. Usás tu pie como una excusa para no hacer nada. Tenés que moverte. Sudando, uno se libera de las toxinas”. El costurero paceño José comenta: “Don Allart necesita otro remedio. Yo sugiero el método de La Paz”. Pregunto: “¿Es decir?”. José explica: “Es sencillo. Tenemos que mascar coca hasta que se vuelva negra. Luego tenemos que escupirla, mezclarla con alcohol y poner esta sustancia en su tobillo. Y al final tenemos que envolver el tobillo con la piel de un conejo negro. Eso va a chupar las toxinas”. Bernardino Vaca dice: “Mejor el método de Urubichá”. Pregunto: “¿O sea?”. Bernardino explica: “Es más sencillo que el método de La Paz. Tenemos que hervir pedazos de corteza de cusi hasta que se forme una especie de mermelada. Luego hay que dejarlo enfriar un poquito y esparcirlo por todo el pie. Eso va a chupar todas las toxinas en un par de días. Pasado mañana ya va a poder correr el maratón, don Allart”. Mi hijito Sebastián, quien durante todo el almuerzo estuvo calladito, ahora dice: “Ay, papá, ¿sabés que tenés que hacer? Tenés que repetir tus sesiones de fisioterapia. Las que hiciste hace unas semanas atrás fueron sesiones truchas”. El cineasta Tony Peredo se ríe y coincide: “El niño mágico dio en el clavo, Allart. Exigimos nuevas sesiones de fisioterapia”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Domingo, 10 Noviembre 2019

Miles de raciones de almuerzo y cena para quienes necesiten un plato de comida hecha con mucho amor.

La Olla común es un programa de voluntarios, vecinas, clubes de madres y un gran equipo de funcionarios de todas las reparticiones, apoyados por instituciones y donantes que envían alimentos para preparar.

Fuente: GAM

Write on Domingo, 10 Noviembre 2019

Mi mejor amigo, el tan lúcido como talentoso cineasta Tony Peredo, me llama. Pregunta por mi hijito Sebastián al que, desde la primera vez que lo vio, suele decirle “niño mágico”. Le cuento: “El niño mágico está bien. Yo, sinceramente, estoy bastante preocupado porque Sebastián, con este paro que no parece tener final, está convencido de que el año escolar ya se acabó”. Tony sugiere: “A lo mejor tenés que pasarle clases vos en tu casa para que no pierda el último bimestre”. Digo: “Tenés razón. Yo pienso lo mismo. Pero ¿cómo voy a poder crear un clima de colegio en la casa? Es difícil cambiar de papel. Soy su padre, no su profesor. Además, el niño mágico ya está demasiado acostumbrado al ritmo de los bloqueos. Para él es una gran vacación. El bloqueo de la Madre India es su nueva casa. Allí juega todos los días con los niños del barrio”. El cineasta reconoce: “El bloqueo de ustedes es tranquilo. El otro día pasé por allí. Vos no estabas”. Digo: “Ah, sí, di una vuelta en bicicleta por el primer anillo”. Tony se ríe y dice: “Sí, lo leí. El mocoso ese te molestó bastante en el bloqueo del segundo anillo de la avenida Santos Dumont, ¿no es cierto? Pero ¿al final lograste superar el obstáculo?”. Confirmo: “Sí, al final el mocoso atrevido me dejó pasar. Después, al recorrer todo el primer anillo en bici, ya no tuve ningún problema en los bloqueos. Toda la gente se portó súper bien conmigo. Me invitaron de todo: agua fría, masaco, empanadas, salteñas, gelatina de pata, somó, mocochinchi… “. Tony comenta: “Te cuento que el bloqueo nuestro, en la entrada del Plan Tres Mil, no es tan tranquilo. En el Plan se siente mucho más la tensión. Además, grandes partes de la población aquí ya no están acatando el paro. Los mercados están abiertos todo el día, muchas líneas de micro funcionan regularmente… La única cosa que sigue parada rigurosamente es la educación. Ninguna escuela está abierta aquí tampoco. Pobres niños”. Digo: “A propósito, en mi pedaleada me topé con un niño que estaba bajo un árbol grande en la calle Colombia esquina Cañoto, allí donde hay un colegio fiscal. Se llamaba Lorenzo y tenía un cartel que sólo decía ‘1 Bs.’ Le pregunté qué estaba vendiendo y Lorenzo me contesto: ‘Estoy vendiendo sombra. Usted, señor, puede acompañarme aquí bajo este toborochi durante cinco minutos por un boliviano’”. El cineasta dice: “Entonces, vos compraste su sombra, me imagino”. Respondo: “Claro”. Tony concluye: “Yo en estos días quisiera comprar luz”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Jueves, 07 Noviembre 2019

Le digo a mi hijito Sebastián: “Tengo una idea. Hoy quiero salir un rato de la realidad de nuestro barrio. No voy a estar en el bloqueo. Quiero tener una imagen más amplia de la magnitud de la protesta. Vamos a dar un paseo por todo el primer anillo, entrando desde la avenida Ejército Nacional. ¿Qué decís?”. Mi esposa Emmita me mira incrédula y dice: “¿Estás loco? Estás hablando con un niño de siete años. Nuestro hijo nunca va a aguantar semejante caminata interminable”. Miro a Sebastián, ignorando la objeción de su mamá. Le pregunto: “¿Quién se cansa?”. Nuestro hijito, quien tuvo un curso acelerado de rebeldía en el bloqueo de la rotonda de la Madre India, exclama: “¡Nadie se cansa!”. Yo que asistí al mismo curso ahora pregunto: “¿Quién se rinde?”. Sebastián contesta a voz en cuello: “¡Nadie se rinde!”. Propongo: “Entonces, vamos a pasear por el primer anillo”. Sebastián susurra: “Papá, hoy no me siento bien. Estoy un poco cansado. Prefiero quedarme aquí con la mamá”. Digo no sin decepción: “Bueno, voy a caminar solito”. Emmita vuelve a decir: “¿Estás loco? Vos no deberías caminar. Tu pie no está curado todavía. Quedate aquí también. Tomar un día de descanso durante este paro indefinido no es un pecado. Nadie te va a castigar”. Reconozco: “De acuerdo, mi pie no está al cien por cien. Voy a ir en bicicleta”. Y así hago. Agarro la bici que mi concuñado Mario Bruun dejó en la casa de mis suegros hace una semana atrás. El primer obstáculo en mi pedaleada en realidad no es un obstáculo ya que se trata del bloqueo de La Madre India. Siendo yo uno de ellos, me dejan pasar sin ningún problema. El segundo obstáculo, es decir, el bloqueo del segundo anillo de la Santos Dumont, resulta ser súper fastidioso. Un muchacho de apenas dieciocho años me detiene con su megáfono: “¡Baje de su bici!” De buena voluntad, hago lo que me pide. Ahora el muchacho pregunta: “¿Usted es ruso?”. Contesto: “Soy holandés”. El muchacho rebate: “Diga algo en holandés”. Digo: “Brutale snotneus, verveel me niet, verdomme”. O sea, mocoso atrevido, no me moleste, carajo. Ahora el mocoso me dice: “Suena como ruso. A ver, lo dejo pasar si me canta el himno cruceño. ¿Acaso lo sabe? Nuestro himno es hermoso”. Respiro hondo: “Joven, sinceramente, usted me falta el respeto. Me estoy cansando de sus pésimos modales”. El mocoso atrevido pregunta: “¿Quién se cansa?”. Sin querer, en un reflejo de condicionamiento pavloviano, respondo: “¡Nadie se cansa!”

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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