Santa Cruz de la Sierra

Buscando la fiesta

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Bueno, escuchemos un ratito las voces en la calle sobre las características de los cruceños:

“Entre las características del cruceño está el ser ceremonioso y gustar de las fiestas, es muy amigable y comparte siempre con los amigos.”

“Lo cruceño es una forma especial de tener un humor, de ver la vida con desparpajo y con una aparente frivolidad. Siempre sonriente y con la banda atrás, incluso en el dolor. El ser cruceño es una forma de ver la vida sin dramatismo, una forma de ver la vida práctica porque la carga se puede siempre arreglar en el camino.”

“Santa Cruz es una sociedad alegre, una cultura que ve lo positivo, que busca la fiesta, incluso en lo trágico. Aquí marchamos con banda.”

Todos esos comentarios saben a cliché. Parecen una generalización muy grosera. Sin embargo, es la pura verdad. Realmente, en Santa Cruz la prioridad número uno es la fiesta. En mi mismo barrio – vivo en El Trompillo sobre la avenida La Barranca – se organizan un montón de buris espontáneos todos los fines de semana. Qué manera de festejar…

Hasta en la guardería de mi hijo Sebastián hay por lo menos dos fiestas de cumpleaños por semana. El otro día fui a recogerlo a las cinco y media de la tarde. Entro y escucho una bulla tremenda, veo a Sebastián y sus compañeritos – todos de dos o tres años – bailando y gritando, con la música martilleando. “Es que aquí también marchamos con banda”, me comenta la maestra sonriendo.

Yo viví mis primeros 22 años en Holanda. En cuanto a fiestas, la cultura holandesa es mucho más sobria. Tal vez, se pueda decir más aburrida. Pero los seres humanos somos flexibles y viviendo aquí desde hace más de siete años me he vuelto tan juerguista como los mismos cruceños. Cuando hay que organizar una fiesta no me escondo.

Para el segundo cumple de Sebastián empezamos – mi esposa Emma, mi suegra Josefina y yo – a movernos ya dos meses antes. A lo mejor, preparando un gran evento uno se divierte hasta más. El secreto del placer está a menudo en los preparativos. La anticipación se vive como una promesa de felicidad. Y desde luego la fiesta misma fue todo un éxito.

Entonces, estamos de acuerdo sobre la importancia de la frivolidad en la vida. Por eso fue grande mi sorpresa durante las últimas elecciones en este país. Las autoridades presentaron el evento electoral como una ‘verdadera fiesta democrática’. En el mismo tiempo pero impusieron durante cuatro días una Ley Seca…

En esos cuatro días caminé por el barrio con Sebastián en su cochecito, buscando la fiesta bajo un sol sahariano. Nada. Silencio absoluto. Todos encerrados en sus casas. En las ventas me decían que no me podían dar ni una cerveza fría. “Me va a disculpar, señor Hoekzema, lo que pasa es que las multas son muy severas. No voy a arriesgar.”

Eso se llama paternalismo. El padre Estado decide para sus niños, que en realidad son ciudadanos adultos. Casi cada prohibición me pone en alerta. Los puritanos creen firmemente en la existencia de ‘tentaciones irresistibles’ y por eso quieren prohibir todo lo que pueda causar dependencia. El problema es que así se sacrifica la libertad del individuo. Lo ‘irresistible’ es una superstición inventada por personas que tienen miedo a la libre elección. Según yo, los puritanos son calumniadores del placer.

La fiesta, el juego y el placer son cosas fundamentales para ‘decorar’ la vida. Gozar es mejor que sufrir. Parafraseando a Sir Winston Churchill, yo les digo que creo en la existencia de asuntos serios, pero no me fío de las personas serias.  El filósofo francés Michel de Montaigne ya decía hace siglos atrás: “Hay que retener con todas nuestras uñas y dientes el uso de los placeres de la vida, que los años nos quitan de entre las manos unos después de otros.”

Todo mi tiempo libre lo paso con Sebastián y aprecio cada vez más la importancia del juego en la vida. Según el poeta alemán Schiller sólo juega el hombre cuando es hombre en el pleno sentido de la palabra, y sólo es plenamente hombre cuando juega. Yo creo que el juego hasta nos enseña el sentido de la vida. El juego nos convierte en maestros de nuestro propio mundo y forja nuestra libertad.

Por eso aplaudo la cultura de la fiesta, el buri y la banda en Santa Cruz. No es algo trivial. Todo lo contrario. Yo quiero ser un ‘Homo Ludens’, jugando y gozando, y me atrevo a comparar el mismo orden del universo con los resultados de un juego.

Seguimos jugando todas las noches con Sebastián, como niños y como dioses. Allá anda mi hijito de dos añitos, travieso, dañino y feliz. Y cuando le pregunto quién tuvo la mejor fiesta de Santa Cruz, él me responde: “Yo.”

Por Allart Hoekzema

Fuente: Primicia

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