Santa Cruz de la Sierra

Acordate de Hiroshima

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El 6 de agosto, se cumplieron 69 años desde que la primera bomba atómica fuera lanzada sobre la ciudad japonesa de Hiroshima a las 8.15 horas. Hace tan sólo una semana, moría en un geriátrico de Georgia el último miembro de la tripulación del bombardero norteamericano Enola Gay que tirara esa bomba de uranio. Se trata del oficial Theodore “Dutch” Van Kirk, el último de los doce tripulantes del avión B-29. Enola Gay había sido el nombre del bombardero, puesto por el General Tibbets en honor a su madre, quien llevaba ese nombre y ese apellido. Pareciera también la más cruel de las ironías saber que la bomba letal había sido bautizada con el término de Little Boy.
Theodore Van Kirk jamás se arrepintió de lo realizado. Al contrario, lo consideró un “alivio” una vez lanzada la bomba, y un gaje del oficio de la guerra. Consideró también que todos habían hecho lo que se había ordenado hacer y que aquello había sido “en defensa de su país”, como lo dijo en un reportaje. Little Boy explotó a 590 metros de altura, liberando una energía equivalente a 13.000 toneladas de TNT y desplegando el monstruoso hongo de aniquilación que mató instantáneamente a 78.000 personas; a fines de año sumaban 140.000 los muertos como consecuencia de la bomba, y la ciudad de Hiroshima quedó prácticamente arrasada. Decenas de miles de sobrevivientes quedaron mutilados, desfigurados, ciegos, quemados, y la radiación dejó como secuela cánceres de todo tipo y deterioros genéticos.
Tres días más tarde, el 9 de agosto, otro avión lanzaba una bomba de plutonio, llamada Fat Man, sobre Nagasaki, provocando 80.000 muertos, y con ello, la rendición de Japón y el final de la Segunda Guerra Mundial el día 15 de ese mismo mes.
El año en que yo pisé tierra argentina por primera vez (1959), se estrenó aquí una película inolvidable: Hiroshima, mon amour, dirigida por Alain Resnais, con guión de Marguerite Duras. El film, protagonizado por la gran actriz francesa Emmanuelle Riva y por el actor japonés Eiji Okada, contaba poética y estremecedoramente la historia de una pareja de amantes, en un cuarto de hotel de la ciudad de Hiroshima, esperando que pasaran las horas para que ella tomara su avión de regreso a su país natal.
En ese tiempo, los protagonistas, ella y él, se aman y recuerdan la tragedia de Hiroshima.
Decía ella : No has visto nada en Hiroshima. Nada.
Decía él: Tú no has visto nada en Hiroshima. Nada.
Y decía Marguerite Duras: Es imposible hablar de Hiroshima. Lo único que se puede hacer es hablar de la imposibilidad de hablar de Hiroshima.
Recuerdo que vi varias veces la película y luego compré un disco de 45 revoluciones, con el diálogo completo entre los amantes-protagonistas.
Era un texto maravilloso y, a la vez, desgarrador, absolutamente inolvidable.
En momentos como estos, tan arduos para el mundo, con señales de alarma para la paz del planeta todo, vale la pena girar la cabeza y mirar atrás, hacia ese trágico 6 de agosto de 1945 y hacia todos los desastres que le precedieron y le siguieron, desde el comienzo de la contienda. Y apostar -de todas las maneras posibles- por lo más valioso que tenemos: la vida.

 

Por: Alina Diaconú

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