Santa Cruz de la Sierra

El progreso moral

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Tanto como para proclamarle un mentís a quienes dicen que la familia es una institución extinguida, me permito traer a colación mi caso. Todos los domingos, sin excepción, nos reunimos al mediodía con la concurrencia de los hijos, sus cónyuges y nuestros nietos, que en una longitud de doce años, van de mayor a menor, este último con apenas unos meses.
Como es obvio, el almuerzo es un griterío: al ulular de los chicos debe adicionarse el griterío materno, cada una obsesionada en evitar que sus hijos tengan un accidente y que, además, observen una conducta digna.
Por supuesto, uno de los que más sufre es el suscripto, cuando advierte, con estupor, cómo manos pequeñas revolotean cerca de un “Limoges” que perteneciera a una desconocida bisabuela.
Terminado el almuerzo, los “hombres” pasamos al living, donde se continúa con las libaciones, muy restringidas con respecto a mi persona, algo que se resolvió por la unanimidad de mi mujer e hijos y mi expresa oposición.
En ese momento se tratan temas de mucha profundidad (la abnegación de la hormiga, la cuadratura del punto, etcétera). Este domingo se habló de las guerras, casi una docena de ellas ensangrentando una porción del mundo.
Alguien señaló – a raíz de los desgraciados sucesos de Gaza – que en el pasado moría mucha más gente que hoy, a pesar de los medios de destrucción técnicos que antes se desconocían. Se puso como ejemplo la invasión de Grecia por los persas. A estar a Plutarco, primero Jerjes y después su hijo Artajerjes movilizaron en su ataque a Atenas respectivamente ejércitos de un millón de soldados.
Supongamos que el bueno de Plutarco se hubiere excedido en el número... digamos... ¿diez veces? Hubieran sido cien mil; de todos modos, una cifra espeluznante si se toma en cuenta que cada soldado llevaba en ese tiempo un número impreciso de servidores.
Un ejército de esa época, compuesto por hombres solos, detrás de él llevaba las lacras inevitables: meretrices, rufianes, hombres del juego y las apuestas. Movilizar esa masa requeriría tal cantidad de buques que sus velas y maderamen ocultarían el horizonte. Esos ejércitos fueron vencidos por los griegos en Salamina y Maratón; por si fuera poco, unos trescientos espartanos detuvieron en un desfiladero las tropas de Atajerjes, cuyos soldados caían como moscas.
En períodos más cercanos a nuestra era, los otomanos, en su frustrada invasión a Malta, dejaron cuarenta mil cadáveres en la isla y Lala Mustafá, en su asalto a Chipre, se quejó que los venecianos habían diezmado sus fuerzas en ¡ochenta mil hombres! ... y eso que el mundo estaba poblado por miles de millones menos que ahora.
Nada de todo esto justifica la muerte y la destrucción, aún de una sola persona o casa; la información en tiempo real, la televisación “en directo” de los acontecimientos militares, la incursión de arriesgados cronistas en el frente de batalla, han contribuido para que las enseñanzas de Augusto Comte se transformen en un sostenido progreso moral.

 

Por: Gastón Pérez Izquierdo

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