Santa Cruz de la Sierra

Pedagogía de la historia

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“Los sectores opositores, violentos y despiadados, como se han mostrado en sus acciones, están no solo protegidos, sino sostenidos económica, política y militarmente por una larga presencia externa”, escribe el nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel, en el prólogo del libro: Evo en la mira, CIA y DEA en Bolivia de Stella Calloni; y al leerlo recuerdo como si fuera ayer, a los violentos que en septiembre del 2008, asaltaban e incendiaban el edificio del comando policial en Santa Cruz de la Sierra, tomaban instituciones y aeropuertos; cortaban rutas, pateaban a indígenas, amenazaban con desabastecimiento; asaltaban y cerraban instalaciones petroleras; saqueaban medios de comunicación del Estado y de organizaciones indígenas; es decir desconocían la autoridad y el orden constitucional legalmente establecido.
Es que en casi 50 años de corporativismo, militarismo y neoliberalismo; las élites gobernantes se habían acostumbrado a ver la cosa pública como si fuera de su propiedad; para hacer dinero fácil, habían rifado las riquezas mineras, hidrocarburíferas, forestales y hasta se habían atrevido a echarle mano al agua, en aquel abril rojo de nuestra existencia; desde ahí, comenzaron a caer estrepitosamente al vacío.
Ya para 1999, la rearticulación de los movimientos sociales y la emergencia de los movimientos indígenas en contra de los intentos de capitalización y privatización de los Recursos Naturales, produjeron las primeras bajas, provocando la retirada de dichas élites del poder central, quienes conscientes de su pérdida de poderío; se fueron atrincherando discursiva e institucionalmente en las capitales de los Departamentos de la media luna, desde donde demandaron autonomía, con la esperanza que con ella, los recursos naturales pasarían del control nacional al regional.
Cuando en las elecciones del 18 de diciembre de 2005 ganó el MAS, esas élites tenían la certeza que Evo Morales en el gobierno no aguantaría 3 meses. Sin embargo, por primera vez, un boliviano electo presidente de su país, antes de ser posesionado, visitaba Europa, donde era recibido por presidentes, reyes, primeros ministros y enjambres de periodistas que corrían tras él con sus cámaras, micrófonos y  manos estiradas para saludarle; era la primera señal del cambio. Pero ese cambio no sería fácil; sin bien a partir del 2003 los movimientos progresistas fueron propinando a las élites o grupos de poder, derrota tras derrota en todos los escenarios; estas seguían controlando los principales medios de producción vinculados con el capital financiero, la minería, los hidrocarburos, los recursos forestales, la agroindustria y la mayoría de las redes de coomunicación, desde donde ponían resistencia al cambio y multiplicaban su rechazo al proceso, intentando convencer al mundo que más vale lo viejo conocido que una nueva Constitución.
Estos son algunos de los antecedentes de la actual coyuntura  electoral y no es que por obra y gracia de la suerte que sucedieron las cosas. Para llegar hasta aquí, el gobierno de Evo Morales tuvo que hacer bien las cosas en todos los escenarios; en lo nacional y en lo internacional; en lo político, en lo económico, en lo comunicacional y en lo estratégico; se tuvo que enderezar lo chueco, cambiar lo podrido, modificar lo incorrecto y resistir los ataques opositores.
La oposición está vacía de propuestas y de líderes; los que hoy candidatean son los mismos que candidatearon antes en otros partidos, con otros colores, con otras siglas pero con el mismo interés; en cambio el oficialismo mantiene colores, sigla y principios; profundiza su programa de gobierno que ejecuta desde el 2005 y postula a los mismos hombres.

 

Por: Ubaldo Padilla Pérez

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