Santa Cruz de la Sierra

El juicio (I)

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Estamos echando gasolina a la movilidad del cineasta Tony Peredo en el surtidor de la avenida Juan Pablo II, en el límite sur del barrio El Trompillo. Miramos hacia la esquina de la edificación del surtidor donde se encuentra una pequeña sucursal de un banco. Nos encontramos a una veintena de metros de distancia y por algún motivo tengo la sensación de asistir a una función de teatro. Vemos a un muchacho de aspecto japonés dirigiéndose hacia la puerta de ingreso del banco. Antes de entrar, el chico mira en nuestra dirección y, un momento, sonríe. “Lo conozco. Se llama Masayoshi”, me dice el cineasta.

Tony, por invitación de su amigo Keisuke, festejó no hace mucho el ‘seijin no hi’ (Día del Adulto) en la colonia japonesa de Okinawa, a 80 kilómetros al noreste de Santa Cruz de la Sierra. La sobrina de Keisuke, Amaya (que quiere decir ‘lluvia nocturna’), recién había cumplido 20 años, que en la tradición nipona es la mayoría de edad. La muchacha vistió su mejor kimono y durante una linda ceremonia en el templo colonial el alcalde de Okinawa le informó de sus nuevas responsabilidades como adulta. Al día siguiente Amaya se casó con Masayoshi, un joven muy prometedor y tal vez un poco terco. Tony me cuenta que su amigo Keisuke le explicó que según los japoneses la tozudez es típica de una persona fuerte de carácter. “Me gusta el nombre Amaya”, digo yo. “A mí también”, coincide Tony.

Mientras tanto, estando sentados en la movilidad del cineasta, vemos cómo Masayoshi está hablando con el cajero del banco. Le muestra una nota y el cajero se pone nervioso. Hay solo dos personas en el banco: Masayoshi y el cajero. No hay policía ni guardia privado. Le propongo a Tony: “Vamos a controlar. Algo raro está pasando allá.”

Al entrar, el cineasta Tony Peredo dice: “Hola, Masayoshi. ¿Qué hacés?” El cajero, pálido e inmóvil, parece una figura de cera. El muchacho japonés, entretanto, nos mira con la misma sonrisa de astucia que noté hace cinco minutos cuando abrió la puerta de ingreso. Sentado en un asiento al lado de la ventanilla, cruzado de brazos, con un sobre junto a él, dice: “Hola, Tony. Acabo de asaltar el banco. El botín es de 20 mil bolivianos con 20 centavos. Llamen a la Policía por favor. Quiero que me condenen a 20 años de cárcel.” Continuará.

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