Santa Cruz de la Sierra

El juicio (III)

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El muchacho japonés entra sin pedirme permiso y nos sentamos en el patio trasero de mi casa, cerca del gran espejo vertical. “Lo siento, Masayoshi, pero usted me está poniendo en una situación muy incómoda. No puedo juzgarlo”, digo. “Sí que puede. Es fácil, porque soy culpable. Merezco un castigo ejemplar. Mi matrimonio se convirtió en una pesadilla. Ya no quiero seguir discutiendo una y otra vez con mi esposa. Me siento culpable de una especie de pecado hereditario. El señor Tony mencionó a la ‘serpiente cegadora’. Bueno, no sé si se trata del mismo animal pero en mi familia también hablamos de una serpiente. Una ‘víbora del veinte’ que se oculta dentro de nosotros y que deja huellas sutiles en el alma, impresiones pequeñas pero indelebles”, cuenta Masayoshi. “Escuche bien, muchacho. Usted esta mañana asaltó un banco. Evidentemente, fue un error. Pero por fortuna pudimos corregir el hecho, evitando consecuencias penales. Sospecho que aquí no busca justicia, sino un poco de lástima. Además, ¿qué tiene que ver todo esto con un pecado hereditario o con la ‘víbora del veinte’?” pregunto. El muchacho japonés nuevamente me muestra su sonrisa de astucia. Luego explica: “El matrimonio de mis padres también es un desastre. Cuando nací yo, mi padre decidió retirarle la palabra a mi madre. Estaba celoso, porque, según él, mi madre solo hacía caso a mí. Así que se impuso una particular ley del silencio en nuestro hogar. Siempre que mi padre quería decir algo a mi madre, se valía de mí para comunicárselo. Esta pesadilla duró 20 años.” De repente siento un gran cansancio que me impide pensar con lógica y claridad. Le digo lo siguiente a Masayoshi: “No prometo nada, porque no me gusta juzgar los actos de los demás. Vuelva aquí en 20 horas. Tal vez lo voy a someter a un juicio, tal vez no.” El muchacho japonés me abraza y exclama: “¡Gracias! ¡Gracias!” Yo repito: “No prometo nada.”

Me pongo a pensar, a solas en el patio. Seguramente la ‘víbora del veinte’ ya opera dentro de mí. Si no me equivoco, la maldición no empezó esta mañana sino ayer, cuando fui a la cerrajería en el mercadito El Trompillo. El cerrajero (quien, ¡o Dios mío!, tiene facciones japonesas) me vendió unos candados y un par de llaves con copias. Pagué un precio razonable, pero los cálculos en la factura seguían una rara lógica vigesimal. Leí esta ecuación: 3 x 20 + (4 – ½) x 20 + (3 – ½) x 20 = 9 x 20. Continuará.

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