La clínica fáustica (II)

Son las cinco de la tarde. Saco la basura bajo un cielo tan gris como las cenizas del pasado. Me duele la espalda. Tiene razón mi esposa Emma: ya no debería alzarlo todo el tiempo a nuestro hijito Sebastián. Pero es un intento de detener el tiempo: no quiero que Sebastián crezca demasiado rápido.

En la vereda fuera de nuestro condominio, sobre la avenida La Barranca, se me acerca un joven de unos 20 años de edad. Su manera de caminar suscita un vago recuerdo dentro de mí. “Buenas tardes, don Allart. Sé que usted es un hombre bueno, pero no es feliz”, dice el joven. Su voz también tiene cierta familiaridad. “Por favor, muchacho, ¿puede definir la felicidad?” le pregunto. “Claro, me refiero a una vida de placer, sin preocupaciones”, dice el joven, muy seguro de sí mismo. “No, muchacho, lo siento pero se refiere a un deseo de imperturbabilidad. No tiene nada que ver con la felicidad”, digo yo, tratando de mostrarme tan seguro como él. El joven se ríe y pregunta: “¿Todavía no sabe quién soy?” Yo rebato: “¿Por qué no se presenta? Así estamos acostumbrados en el barrio.” Mi joven interlocutor comenta, no sin aplomo: “Lo que pasa es que usted me conoce, pero no me reconoce.” Yo comento, no sin vanidad: “Todo conocimiento no es sino reconocimiento. Si no lo reconozco a usted es porque realmente no lo conozco. Así de sencillo.” Me doy cuenta con el pasar del tiempo de que cada vez más lo percibo como un rival, un contrincante que me irrita. Tengo un amigo capaz de irritarme del mismo modo, pero es un hombre mucho mayor, de unos 60 años de edad.

El joven, en tanto, quiere proponerme un trato. “Don Allart, me gustaría venderle un producto muy especial. Estoy hablando de un tratamiento único que borra la vejez y lo antiestético. Si adivina quién soy, le vamos a regalar el primer paso de la cura, que es el ‘Hair Test’”, explica. Repito sus propias palabras: “Un tratamiento que borra la vejez y lo antiestético… Imagino que borra las emociones también.” El joven pregunta: “¿Por qué piensa eso?” Yo explico: “Porque usted tiene los mismos movimientos, la misma voz y la misma cara que mi querido amigo don Pedro Lero Tayo, el famoso sereno de la plazuela de La Barranca, pero sin una pizca de emoción.” El joven aplaude. “¡Bravo! Recibirá el ´Hair Test’ gratis”, dice. Continuará.

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