Santa Cruz de la Sierra

La cena (IV)

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“¿La muchacha vestida de negro que nos sirvió la sopa de remolacha roja era la dueña del local?” le pregunta el cineasta Tony Peredo a mi hijito Sebastián. “Creo que sí”, contesta. “¿De dónde era? ¿No era eslava? ¿Quizás rusa?” insiste el cineasta. “Ay, tío, no sé. Ya te dije que todos estaban calladitos. Ninguno de ellos nunca habló”, dice Sebastián. “Por lo menos danos una descripción de la chica”, dice Tony. “No puedo decirte cómo era la muchacha porque tenía un velo negro que le cubría la cara. Pero vi una cicatriz en su cuello. Una cicatriz muy larga”, explica mi hijito. “¿Entonces? La muchacha con la cicatriz nos sirvió la sopa horrorosa. ¿Y luego qué pasó?” quiero saber yo. Mi hijo responde: “Ustedes siguieron hablando de la nueva película.” Tony le suplica: “Contame algo del nuevo filme, Sebastián. ¿En qué se basa la trama? ¿Es una historia de horror? ¿Tal vez algo con vampiros? Decime algo, por favor.” Sebastián dice, no sin aplomo: “No escuché. Me puse a mirar todo lo que pasaba en el restaurante.” Yo pregunto: ¿Y qué viste?” Mi hijo contesta: “Vi al lado de nuestra mesa una rueda de madera con tres hilos de lana negra.” Miro a Armando, el dueño de ‘Hua Yuan’, quien me dice: “Su hijo está hablando de una rueca, evidentemente.” Ahora Armando le pregunta a Sebastián: “¿Y qué más viste?” Mi hijo responde: “Vi una cinta de medir y unas tijeras de oro.”
Sebastián termina en el restaurante chino ‘Hua Yuan’ su segundo plato de frutas fritas y dice: “Quiero algo más. Sigo con hambre.” Armando dice: “Lógico. Estás con hambre atrasada. No comiste nada anoche.” Mi hijito cuenta: “Ay, no, ¿saben qué nos dieron después de la sopa? Un estofado de carne con remolacha roja. ¿Y saben quién nos trajo esa comida? Nuevamente la dueña vestida de negro. Pero había algo muy raro con ella. Era la misma persona, con la misma cicatriz larga en el cuello, pero tenía unos veinte años más. Tenía la edad de mi mamá. Ustedes también lo vieron. El restaurante estaba muy oscuro pero ustedes también vieron que la dueña estaba más vieja.” Pregunto: “¿No había iluminación en nuestra mesa?” Sebastián aclara: “No. Mi tío Tony pidió una lámpara, pero todo lo que nos trajeron fueron tres velas cortitas de cera color remolacha roja con tres llamitas muy pequeñas.” El cineasta me mira y exclama: “¡Dios mío! ¿Te das cuenta? ¡Tres luces a punto de extinguirse!” Continuará.

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