Santa Cruz de la Sierra

La cena (V)

En el restaurante chino ‘Hua Yuan’, sobre la calle Carlos Melquíades Barbery, mi hijito Sebastián me mira y pregunta: “¿Papá, puedo comer un helado de frutilla?” Respondo: “Por supuesto, mi hijo.” Sebastián ahora mira al cineasta Tony Peredo y le cuenta: “Ay, tío, ¿no se acuerda ni siquiera del helado que nos trajeron en el restaurante de anoche? La dueña con el vestido negro y con la cicatriz larga en el cuello nos dio un helado de remolacha roja, muy feo y medio derretido. La cosa increíble fue que ustedes lo comieron.” El cineasta comenta: “A lo mejor ese helado feo nos causó la amnesia.” Armando, el dueño de ‘Hua Yuan’ dice: “Que yo sepa, hay solo una bebida que te hace perder la memoria. Es decir, el té de la vieja señora Meng, con sus cinco hierbas recolectadas de estanques y arroyos secretos.” Mi hijito prosigue: “La dueña del restaurante ‘La Posada’ estaba cada vez más vieja. Cuando mi tío Tony le pidió la cuenta me recordaba a mi abuela. Tenía la misma edad.” Yo le pregunto: “Y mientras tanto, ¿qué hacían los demás, o sea, la mesera con el vestido blanco y los zapatos con alas chiquitas y el mesero con la barba y la mariposa blanca en el hombro?” Sebastián contesta: “Ellos estaban cerca de la puerta, controlando todo el tiempo lo que estaba escrito en el muro de bronce, ese calendario que tenían ahí.” Tony Peredo pregunta: “¿Y la cuenta? ¿La trajeron al final?” Mi hijito dice: “Ay, no, eso demoró muchísimo. Mientras ustedes esperaban en la mesa, yo me fui al baño. Tuve que bajar una escalera llena de velas. Estaba muy resbalosa por la cera. Casi me caí y decidí volver a la mesa. Me dio mucho miedo esa escalera con todas esas llamitas que temblaban.”
Sebastián termina su helado de frutilla y suspira: “Uf, ahora estoy muy cansado. ¿Saben ustedes que la dueña de ‘La Posada’ también estaba muy cansada? Suspiraba todo el tiempo.” Tony insiste: “¿Y al final trajo la cuenta?” Mi hijito niega con la cabeza y dice: “No nunca. Al final cerraron la puerta con llave. Mi papá se enojó mucho y vos, tío, peor. Enloqueciste.” Pregunto: “Entonces, ¿Cómo logramos escapar?” Sebastián concluye: “Afuera sonó un cuerno. La dueña se asustó y fue al muro de bronce. Luego les pegó a la mesera y al mesero. Al final abrió la puerta. Tres personas entraron: un hombre alto y oscuro y una pareja de jóvenes. Yo me escapé y a ustedes le dieron algo para tomar antes de dejarlos libres. Así fue y ahora estoy muy cansado.”

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