Santa Cruz de la Sierra

Misterio

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Temprano en la mañana estoy maldiciendo entre dientes a nuestro proveedor de internet ya que quedamos por enésima vez desconectados. Justamente en este momento irrumpe en mi penosa realidad de adulto Sebastián. Nuestro hijito, al entrar a la habitación, nos dice a mi esposa Emmita y a mí: “No lo entiendo. Anoche dejé mi diente bajo la almohada, pero el ratón Pérez se olvidó de mí. No trajo dinero”. Emmita, medio dormida, comenta: “Ay, mi amor, lo siento mucho. Es muy raro. Es un misterio, diría”. Yo digo: “Habría sido un misterio si el ratón ese realmente hubiera traído plata”. Mi esposa me patea bajo las sábanas. Sebastián pregunta: “¿Qué es un misterio? Papá, ¿podés buscarlo en internet?”. Volviendo a caer en mi penosa realidad de adulto, contesto: “¡Sorpresa! Estamos desconectados, mi hijo”. Emmita me mira y dice: ¿En serio? ¿Tenés que recurrir a internet para poder explicar algo tan sencillo y básico como el significado de la palabra ‘misterio’?”. Yo rebato no sin sonrojo: “Bueno. Si es tan sencillo y básico, decime vos cuál es la definición exacta de un misterio”. Sin ninguna vacilación, mi esposa explica: “Todo lo que la muy limitada inteligencia humana no consigue entender solemos considerar como un misterio”.
Temprano en la tarde paseamos por la avenida La Barranca, cuando de repente Sebastián exclama: “¡Mirá! ¡Un misterio!”. Efectivamente, en un muro al lado de la entrada del cuartel de los bomberos está escrita la palabra MISTERIO. “Es propaganda de un radio taxi. En realidad, tiene muy poco de misterioso”. Mi hijito me mira decepcionado. Suspira: “Ay, sos muy aburrido. Quiero encontrar un misterio. Creo que esta propaganda es una señal. Muy pronto vamos a encontrar un gran misterio”. Observo: “Tengo mis dudas. De acuerdo, soy holandés. Los nórdicos no somos expertos en la materia de los misterios. Más bien es algo para los bolivianos y los católicos”. Mi hijo dice: “Pero yo soy boliviano y me gustan los angelitos”. Le recuerdo: “Tenés la nacionalidad holandesa también”. A la altura de la entrada de la zona de los hangares del aeropuerto El Trompillo, Sebastián saluda al guardia militar. A lo lejos se ven los contornos de un lujoso jet abandonado. Sé que el avión se halla allí desde hace más de dos años. “¿Por qué el propietario del jet nunca lo reclamó?”, le pregunto al guardia. El militar me dice: “Es un gran misterio”. Sebastián le pregunta: “Usted es boliviano y católico, ¿no es cierto?”. El guardia dice: “Por supuesto”.

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