Santa Cruz de la Sierra

España y las coaliciones envenenadas (II)

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Hay partidos realmente constitucionalistas (los conservadores, los liberales, los socialistas), y los hay que solo respetan las normas constitucionales de manera estratégica a la espera de poder derribar el edificio institucional que sostiene a la España actual (los comunistas, los independentistas locales y, en gran medida, los ultraespañolistas).

Ante una tesitura parecida la alemana Ángela Merkel trazó las bases de una gran coalición entre la democracia cristiana y la socialdemocracia, esto es: entre los conservadores y los socialistas. Esa coalición ha sostenido la vida política germana durante un buen período, expresando el criterio de la mayoría de los alemanes.

¿Podían hacer esto los españoles? Naturalmente. Esas coaliciones las inventaron ellos. De alguna manera, fue lo que hicieron, de un modo mecánico, en el último tercio del siglo XIX, tras la restauración de los borbones, cuando Cánovas del Castillo, dispuesto a terminar con el desorden del sector público, echó las bases de un cierto bipartidismo que erró en no saber crear las condiciones para el autogobierno o, llegado el caso, para la independencia de las colonias.

De todos los problemas que tiene España el más peliagudo es el de los independentismos. Esa es la mayor dificultad para crear la gran coalición. En Cataluña algo menos de la mitad desea poner tienda aparte (En el País Vasco, según las encuestas oficiales, apenas alcanzan el 21%). No es posible gobernar serenamente con casi la mitad de los catalanes deseosos de encontrar su propio rumbo, pero tampoco es moralmente admisible abandonar a la otra mitad de los catalanes que se sienten, primordialmente, españoles.

La solución está en la democracia, para lo cual habría que reformar la Constitución. Hay que admitir, humildemente, que el contorno de las naciones no es eterno, pero tampoco puede dejarse a las volubles mayorías simples que tomen las decisiones, para que no se produzca el triste espectáculo del Brexit, donde hoy la mayoría de los británicos quiere otro referéndum para regresar a la Unión Europea. La mayoría simple es la receta para incendiar la pradera.

Las decisiones trascendentes, como formar o no parte de España, deben tomarlas los catalanes (o cualquier otra región) por mayorías cualificadas de un 60% del censo, en votaciones obligatorias, y durante dos legislaturas diferentes, para impedir que un problema coyuntural determine el destino de la región y afecte a las generaciones venideras.

Si en esas condiciones los catalanes eligen separarse de España, como sucede con los québécois en Canadá o los escoceses en el Reino Unido, lo razonable es permitirles que hagan las maletas y desearles muy buena suerte. Ese no será el fin del mundo. Ni siquiera el fin de España.

 

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