Santa Cruz de la Sierra

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Mi hijito Sebastián mira a una niña que está haciendo pompas de jabón cerca del ingreso del zoológico. No dice nada. Compramos las entradas, saludamos a la custodia y entramos. Al cabo de un par de minutos, mi hijito me pregunta: “¿Qué pasa con una burbuja cuando revienta?”. Contesto: “Desaparece”. Sebastián me mira y entiendo que mi respuesta no lo satisface. Hago otro intento: “Digamos que la burbuja muere”. Mi hijito me corrige: “No puede morir porque la burbuja no es un ser vivo. Nosotros somos seres vivos, porque nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. La burbuja no”. Reconozco: “Ah sí, claro, tenés razón, hijo. A lo mejor podemos decir que la burbuja deja de existir. Surge de la nada y retorna a la nada. ¿Está bien?”. Sebastián dice: “No sé, papá. Ahora es tu turno. Tenés que preguntarme algo”. Le pregunto: “¿Qué recorrido querés hacer, el sólito?”. Mi hijito dice: “Ay no, papá. ¡Qué pregunta más aburrida! Tenés que hacerme una pregunta verdadera y divertida”. Digo: “De acuerdo. Entonces, te pregunto por qué los loros habladores no hablan. ¿Qué tal? ¿Es una pregunta verdadera y divertida?”. Sebastián responde: “Más o menos”. Pregunto: “Pero ¿cuál es tu respuesta a la pregunta sobre los loros habladores que no hablan?”. Mi hijito dice con aplomo: “No hablan con vos, pero hablan entre ellos y conmigo también”. Llegamos a la cueva del jucumari y Sebastián quiere saber por qué se llama así. Le digo que el jucumari murió hace unos años. Agrego: “Ahora se encuentra en el museo de historia natural. Está allí, disecado”. Ahora mi hijito pregunta: “¿Dejó de existir?”. Contesto: “Bueno, murió pero no dejó realmente de existir. Su existencia se transformó. Dejó de existir como ser vivo, pero sigue existiendo como objeto”. Observamos la ex cueva del jucumari. Vemos a un tapir saliendo. “Deberían cambiar el cartel. Debería llamarse la ‘cueva del tapir’”, comenta Sebastián y luego me pregunta: “Papá, ¿creés que el tapir sabe que antes el jucumari vivía en esa cueva?”. Digo: “No creo”. Mi hijito dice: “Yo sí. El tapir lo sabe. Creo que sabe que antes había algo. Yo sé que la nada no existe y el tapir lo sabe también. El único que no lo sabe sos vos, papá.” Ahora pregunto: “¿Querés ir a la fosa del jaguar?”. Sebastián exclama: “¡Sí, quero saludar al ‘Tesoro’!”. Decido no decirle a mi hijito que el pobre jaguar Tesoro se murió. El que está en la fosa es otro. No quiero contárselo. Tengo miedo a lo que Sebastián me pueda preguntar.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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