Santa Cruz de la Sierra

La fricasería

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“Acabo de hablar con la abuela. Me dice que está con mucha hambre. Vamos a comprar comida”, anuncia mi esposa Emmita. “¿Puedo elegir el restaurante?”, pregunta nuestro hijito Sebastián. “Esta vez no, mi vida”, le dice Emmita. “Ay, ¿por qué no? Soy muy bueno para elegir restaurantes”, protesta Sebastián. Tiene razón. Él elige los restaurantes y, al igual que los famosos franceses de Michelin, suele darles estrellas. Pero su criterio no es la calidad de la comida sino la presencia de animales. El otro día, por ejemplo, le quitó una estrella al restaurante chino Hua Yuan de nuestro gran amigo Armando porque su acuario no contenía ni un pez. En cambio, Chifa Wonderly, otro restaurante chino, mantiene desde hace muchos años sus tres estrellas porque su acuario siempre está repleto de hermosos peces dorados. La Choza de Dorys, un local que sirve comida criolla, también es uno de los favoritos de Sebastián. Su gran atracción no es un acuario, sino una enorme paraba azul amarillo. A nuestro hijito le encanta hablar con esa ave y darle semillas de girasol.

“¿Mamá, por qué esta vez no puedo elegir el restaurante?”, insiste Sebastián. “Porque la abuela Josefina quiere comer fricasé. Y vos no conocés ningún restaurante especializado en fricasé”, explica Emmita. Nuestro hijito me mira y pregunta: “¿Te acordás de que anteayer pasamos por un restaurante con un cartel que decía ‘Fricasería Doña Hilda’?”. Ahora Emmita me mira y pregunta: “¿Dónde queda esa fricasería?”. Digo: “No tengo idea”. Para nuestra sorpresa, nuestro hijito dice: “Tercer anillo externo, andando hacia la Santos Dumont”. Emmita dice: “Vamos a  visitarla a doña Hilda”. Sebastián dice: “Ojalá tenga animales”. Bueno, resulta ser que doña Hilda es una simpática y generosa señora paceña que sirve seis platos diferentes, es decir, fricasé, chicharrón, thimpu, chicharrón mixto, caldo de cordero y sajta de pollo. “¿Te inspira algún plato?”, le pregunto a Sebastián mientras Emmita pide cuatro porciones de fricasé y dos porciones de chicharrón. “No, papá. Voy a hacer pis”, dice nuestro hijito, decepcionado. En menos de diez segundos vuelve de los baños exclamando: “¡Papá! ¡Papá! Vení. ¡No lo vas a creer!”. Vamos a un pequeño patio interno y vemos al lado de los baños cuatro jaulas llenas de periquitos y canarios. “Amo a las aves”, me dice Sebastián. Yo digo: “Lo sé, mi hijo. ¿Qué tal el restaurante? ¿Cuántas estrellas merece?”. Nuestro hijito dice: “Muchísimas. Es el mejor restaurante del mundo”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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