Santa Cruz de la Sierra

Rompe la piñata

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Acabo de pasar por una experiencia traumática. La piñata del séptimo cumpleaños de nuestro hijito Sebastián fue una auténtica batalla campal, con participantes aguerridos e inclementes. Los más feroces no fueron los niños, sino las madres. Una, inclusive, me plantó un tacón de aguja en el dedo gordo de mi pie izquierdo, tras lo cual me  desplomé. Lo siguiente es una reconstrucción de los hechos. Todo empezó el día de sábado muy tempranito cuando Sebastián me despertó diciendo no sin dramatismo: “Ay, papá, mirá. El tiempo se equivocó. Está lloviendo y hace frío. Mi cumpleaños va a fracasar”. Le dije: “No te preocupes, hijo. No va a fracasar. Tu mamá organizó todo. Ella está preparada para cualquier capricho del clima. Además, ya controlé las previsiones anoche. A las dos de la tarde va a dejar de llover y tu fiesta recién empieza a las tres y media. Entonces, tranquilo”. Y así fue. Dejó de llover a las dos. Sin embargo, el viento gélido no quiso aplacarse. Al llegar a las tres al jardín de mis suegros, como todos los años maravillosamente decorado para la ocasión, Sebastián corrió hacia su abuela Josefina y su tía Yudit para quejarse. “Ay, ¿vieron lo que hizo el tiempo hoy conmigo? Se equivocó”, insistió mi hijito. Mi suegra y la tía, ambas venezolanas y, como todas las caribeñas, híper friolentas, me miraron con horror por mi indumentaria alegre e híper veranera. “Mi papá es holandés. Nunca siente frío. Pero yo sí. Yo no soy holandés”, dijo Sebastián. Su tía Yudit dijo: “Sí, lo sabemos, mi niño. Tú eres caribeño”. Luego mi hijito le preguntó: “Tía, ¿no creés que mi fiesta de cumpleaños va a fracasar por el frío?”.  La tía Yudit contestó: “Todo lo contrario, mi amor. Tu fiesta va a ser una fiesta caribeña”. Y tenía razón. Una infinidad de niños y niñas (con sus madres) llenaron el fantástico jardín de mis suegros. Nadie se quejó del frío. Todo el mundo se divirtió, jugando, cantando y bailando. Y Sebastián estaba feliz y agradecido. No sé cuántas veces le dio las gracias a su mamá por haberle regalado, como dijo él, “el día más bello de mi vida”. Y, efectivamente, fue un día bellísimo… hasta que empezó a sonar la clásica musiquita: “Rómpela, rompe la piñata. Dámela, dale a la piñata”. Bueno, yo le di a la piñata y la rompí, con una infinidad de niños y niñas (con sus madres) rodeándome. Hasta que un tacón de una madre particularmente ávida le dio al dedo gordo de mi pie izquierdo y casi lo rompió. Todo se vino abajo. Los niños salieron ilesos.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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