Santa Cruz de la Sierra

¿Quién se cansa?

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Le digo a mi hijito Sebastián: “Tengo una idea. Hoy quiero salir un rato de la realidad de nuestro barrio. No voy a estar en el bloqueo. Quiero tener una imagen más amplia de la magnitud de la protesta. Vamos a dar un paseo por todo el primer anillo, entrando desde la avenida Ejército Nacional. ¿Qué decís?”. Mi esposa Emmita me mira incrédula y dice: “¿Estás loco? Estás hablando con un niño de siete años. Nuestro hijo nunca va a aguantar semejante caminata interminable”. Miro a Sebastián, ignorando la objeción de su mamá. Le pregunto: “¿Quién se cansa?”. Nuestro hijito, quien tuvo un curso acelerado de rebeldía en el bloqueo de la rotonda de la Madre India, exclama: “¡Nadie se cansa!”. Yo que asistí al mismo curso ahora pregunto: “¿Quién se rinde?”. Sebastián contesta a voz en cuello: “¡Nadie se rinde!”. Propongo: “Entonces, vamos a pasear por el primer anillo”. Sebastián susurra: “Papá, hoy no me siento bien. Estoy un poco cansado. Prefiero quedarme aquí con la mamá”. Digo no sin decepción: “Bueno, voy a caminar solito”. Emmita vuelve a decir: “¿Estás loco? Vos no deberías caminar. Tu pie no está curado todavía. Quedate aquí también. Tomar un día de descanso durante este paro indefinido no es un pecado. Nadie te va a castigar”. Reconozco: “De acuerdo, mi pie no está al cien por cien. Voy a ir en bicicleta”. Y así hago. Agarro la bici que mi concuñado Mario Bruun dejó en la casa de mis suegros hace una semana atrás. El primer obstáculo en mi pedaleada en realidad no es un obstáculo ya que se trata del bloqueo de La Madre India. Siendo yo uno de ellos, me dejan pasar sin ningún problema. El segundo obstáculo, es decir, el bloqueo del segundo anillo de la Santos Dumont, resulta ser súper fastidioso. Un muchacho de apenas dieciocho años me detiene con su megáfono: “¡Baje de su bici!” De buena voluntad, hago lo que me pide. Ahora el muchacho pregunta: “¿Usted es ruso?”. Contesto: “Soy holandés”. El muchacho rebate: “Diga algo en holandés”. Digo: “Brutale snotneus, verveel me niet, verdomme”. O sea, mocoso atrevido, no me moleste, carajo. Ahora el mocoso me dice: “Suena como ruso. A ver, lo dejo pasar si me canta el himno cruceño. ¿Acaso lo sabe? Nuestro himno es hermoso”. Respiro hondo: “Joven, sinceramente, usted me falta el respeto. Me estoy cansando de sus pésimos modales”. El mocoso atrevido pregunta: “¿Quién se cansa?”. Sin querer, en un reflejo de condicionamiento pavloviano, respondo: “¡Nadie se cansa!”

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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