Santa Cruz de la Sierra

El intruso

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Camino por la casa en busca de inspiración. Detrás de mí camina mi hijito Sebastián. “¿Qué estás haciendo, hijo?” pregunto. “Te estoy persiguiendo, papá. Soy un espía”, explica Sebastián. Le propongo: “Vamos al mercadito El Trompillo. Quizás allí me venga una idea para mi columna”. Abro la puerta de la calle. Mi hijito comenta: “Antes de salir te mirás siempre rapidito al espejo. ¿Lo sabías, papá?”. Reconozco: “Sí, lo sé. Tu mamá me lo ha hecho notar mil veces. Ella dice que soy muy vanidoso”. Sebastián dice: “Los espejos no le gustan a mi mamá. Le dan un poco de miedo. A mi tío Tony también”. Pregunto: “¿Y a vos también?”. Mi hijito responde: “A mí me gustan. Los espejos son misteriosos”. En el mercadito El Trompillo charlamos un rato con mi amigo Teo, el viejo vendedor de periódicos. Teo me dice: “Oiga, Gringo, tener que escribir todos los día su columna es una especie de esclavitud, ¿no es cierto?”. Yo digo: “Fue mi libre elección. Se lo propuse al dueño del periódico y él me concedió el espacio en la página dos. No me puedo quejar aunque de vez en cuando deseo saltar un día, como por ejemplo hoy”. Teo indaga: “¿No tiene un suplente, alguien que puede reemplazarlo de vez en cuando?”. Niego con la cabeza. “No sería correcto. Tengo que cumplir con mis deberes”, explico. Mi hijito Sebastián le dice a Teo: “¿Sabés que mi papá es muy vanidoso?”. El viejo vendedor de periódicos dice: “Claro que sí. Tu papá siempre habla de sí mismo en sus columnas”. Sebastián añade: “Y le encanta mirarse al espejo”. Teo comenta: “No me sorprende, pero hay que tener cuidado con los espejos”. Mi hijito me mira y pregunta: “¿Ya tenés una idea? ¿Ya podés escribir tu columna?”. Suspiro: “No, hijo. Pero tenemos que volver a la casa. Tengo que entregar la columna en una hora”. De vuelta en casa, voy a la cocina para verterme un vaso de leche, mientras mi hijito sube la escalera. De pronto, Sebastián grita: “¡Papá! ¡Papá! Hay un intruso en tu estudio. ¡Vení! ¡Se está escapando!”. Corro hacia la puerta y veo a mi hijito bajar la escalera. Me dice: “El intruso ya se fue. Huyó a través del espejo. Se parecía muchísimo a vos, papá”. Pregunto: “¿Me estás tomando el pelo?”. Sebastián contesta: “No, te lo juro. Hubo un intruso. Estaba escribiendo. De repente, se dio la vuelta, se asustó y se escapó”. Arriba, en el estudio, controlo la pantalla de la computadora. Veo un texto titulado “El intruso”. Lo leo, no me desagrada demasiado y decido robarlo. Nadie me va a atrapar.

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