Santa Cruz de la Sierra

Mi doble (II)

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Varios días después de la rara y premonitoria charla con el cineasta Tony Peredo en Santa Cruz, mi esposa Emma, nuestro hijito Sebastián y yo, ya estando en Buenos Aires, asistimos a un concierto de violonchelo en la planta baja del laberíntico Palacio Barolo en la avenida de Mayo. Sebastián no aguantó la seriedad del evento. El niño de apenas cuatro años corrió con una asombrosa velocidad hacia el ascensor. Lo alcancé con gran dificultad, agarrándolo justo cuando la puerta del ascensor se cerró detrás de nosotros. Al cabo de un rato llegamos al último piso del palacio, una cúpula conocida como el ‘antiguo Faro’. Desde allí la vista de la ciudad de Buenos Aires es única. Sebastián me enseñó un supermercado situado en 9 de Julio esquina de Mayo. “Vamos a bajar, papá. Quiero ir al súper, a mirar las frutas y verduras”, ordenó mi hijito. Emma se quedó en el Palacio Barolo, prefiriendo el concierto (ejecutado, por cierto, por nuestro amigo, el urubicheño Dámaso Vaca) a una visita al Carrefour.

En el súper, Sebastián quedó fascinado por las papas negras. Se rio y dijo: “Estas papas tienen la misma forma que tu cabeza, papá.” Un hombre alto, no flaco y algo calvo, que inmediatamente me provocó una sensación de incomodidad y hasta repulsión, se nos acercó. Con una voz impersonal, comentó: “Si un hombre tiene graves problemas debería dirigirse a un niño. Ellos poseen el sueño y la libertad.” Reconocí la cita de Dostoyevski (la tengo anotada en italiano en uno de mis cuadernos), pero no quise reaccionar. “¡Hola! Usted también tiene la cara como una papa negra”, le dijo mi hijito para mi espanto. “Es lógico, porque soy la imagen especular de tu padre”, fue la contestación del hombre. Me sentí profundamente ofendido. “Usted no se me parece en nada”, dije. El hombre sonrió de manera asaz desagradable y observó: “Reconozco esta superficialidad. Usted se fija solo en un par de detalles y nunca logra ver la imagen completa. Es muy típico.” Ya en pánico, le pregunté a Sebastián: “¿Realmente, este señor se me parece?” Mi hijito respondió: “Tu eres mi papa. Él, no.” Eso me confortó más o menos. El hombre, así de agresivo lo percibí, volvió al ataque, diciendo: “Digamos que no soy una persona insignificante. Más bien soy la gota que define el rumbo del océano.” Ahora yo también pasé al ataque, acordándome de otra frase anotada en uno de mis vanos cuadernos: “Usted es como aquel patético ratón chino que escupió en el océano y dijo: yo también existo.” Continuará.

Allart Hoekzema Nieboer MIGAJAS

Visto 987 veces Modificado por última vez en Martes, 08 Agosto 2017 08:21
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