Santa Cruz de la Sierra

Mi doble (III)

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El hombre alto, no flaco y algo calvo siguió riéndose. Sin embargo, me di cuenta, por alguna escurridiza razón, de que se había puesto bastante nervioso. Casi con la misma voz que suelo utilizar yo cuando quiero mostrar una confianza que no poseo, él me dijo: “Los aficionados de la criminología sabemos que hay ocho puntos distintivos faciales que pueden servir de base para la comparación entre una persona y otra. De hecho, existen simetrías, analogías y semejanzas entre usted y yo. Tal vez diferentes hábitos alimenticios hayan diluido un poco esta similitud.” Mi hijito Sebastián le preguntó no de modo inoportuno: “¿Le gustan las papas negras?” El hombre dijo que no. “A mí tampoco”, dijo Sebastián. Y yo tuve que confesar lo mismo. Luego el hombre volvió al argumento central de nuestro encuentro en el supermercado de Buenos Aires, diciendo: “Pero la cosa más importante es el aspecto de nuestros seres interiores. Yo soy, indudablemente, su alter ego mental, es decir, su gemelo psíquico.” Yo también comencé a sentirme bastante nervioso. Rebaté: “No creo en la existencia de gemelos malvados y no soy aficionado de la criminología.” El hombre, nuevamente, sonrió de manera asaz desagradable y comentó: “Nunca he usado el término ‘malvado’. No creo en los estereotipos. Y conociéndolo, usted tampoco.” Perdí la paciencia y grité en italiano (el idioma en el que suelo expresar mi ira): “¡Lei non mi conosce affatto!” El hombre respondió en italiano también, con mi misma pronunciación, nórdica y torpe. Dijo: “Non dica scemenze. Siamo uguali.”
En un intento de mejorar la mala atmósfera entre nosotros, el hombre cambió de tono. Me contó que, exactamente como yo, había vivido “muchos años y felizmente” en Italia, primero en Siena, luego en Roma y al final en Nettuno. “A propósito, ¿cómo está su encantadora esposa? Recuerdo muy bien cómo Emma y usted se conocieron a finales de 1996 en la plaza principal de Siena.” En ese momento empecé a vislumbrar el engaño del otro: seguramente, el hombre conocía partes de mi vida íntima gracias a la lectura de mis columnas. Y en ese momento también empecé a maldecir mi tendencia al exhibicionismo periodístico.
Mi hijito Sebastián le preguntó al impostor: “¿Usted conoce a mi mamá?” El hombre contestó con intolerable, pero ya no tan sorprendente desfachatez: “Tu mamá es mi musa. Escribí muchos poemas para ella. Te voy a recitar uno que le agrada mucho a tu papá.” Continuará..

 

Allart Hoekzema Nieboer MIGAJAS

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