Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (25)

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De hecho, el antiguo avión tapado con una lona que se encuentra escondido en el hangar desde hace no sé cuánto tiempo, resulta ser un Junkers F 13. Al quitarle la lona, lo confirma el diligente sereno don Pedro Lero Tayo quien, por cierto, entre todos mis amigos es el único experto de aeronaves. O, por lo menos, él dice serlo. Y nosotros le decimos que le creemos. Ahora don Pedro, en la persistente oscuridad, nos dice que quiere admirar el avión bajo una luz más favorable.
—Abramos el portón trasero —ordena el sereno—. Necesitamos la luz lunar. ¡Vamos, don Allart!
—¿Y cómo va a abrirlo? —le pregunto no sin malicia—. ¿Acaso con su infalible manojo de llaves?
Menos mal que la oscuridad no me permite ver los ojos de don Pedro. Será una mirada feísima.
—El portón no está cerrado con llave —dice Sebastián—. Hay que levantar el cerrojo nomás.
—¿Y cómo lo sabés, mi hijito? —le pregunto—. Y no me digas, por favor, que ya lo soñaste.
—Bueno, papá, está bien. No te lo voy a decir, entonces. Pero vas a ver que tengo razón.
Y claro que mi hijito Sebastián tiene la razón. El cineasta Tony Peredo abre el portón sin ningún problema. La luz de la luna de nieve parece agrandar el Junkers F 13. Es una máquina fabulosa.
—¿Qué hay al otro lado de la pista del aeropuerto? —pregunta el urubicheño Dámaso Vaca quien, aparentemente, ya perdió su interés por el antiguo avión—. Escucho música. Oigan. Es una chovena lindísima. Ay, Sebastián, deberías haber llevado tu disfraz de cambita en vez de vaquero.
—Hay un hangar nuevo en el otro lado —dice Tony—. Están realizando algún evento político allí.
Quiero saber cómo el cineasta sabe eso. Pero antes de que pueda preguntárselo oímos algo espantoso desde el hangar nuevo, que dista unos doscientos metros del lugar donde nos hallamos nosotros. Lo que oímos es un disparo. Y después se levantan agudos gritos de pánico y confusión.
—Mirá, tío Dámaso. No llevo el disfraz equivocado. Hay otro vestido de vaquero, que corre.
Y claro que mi hijito Sebastián tiene nuevamente la razón. Un hombre disfrazado de vaquero está corriendo muy velozmente. Corre hacia nosotros, perseguido por militares y gendarmes.
—Ay, no, van a disparar con una ametralladora pesada. Están armando una Colt 7,65 —dice el diligente sereno don Pedro Lero Tayo quien, por cierto, entre todos mi amigos es el único experto de armas de fuego. O, por lo menos, él dice serlo. Continuará.

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