Santa Cruz de la Sierra

Refugio

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Acaba de llover y el cielo ya anuncia nuevas lluvias. Estamos mirando a dos loros habladores en su jaula en el zoológico municipal. A su vez, ellos nos miran a nosotros. “Están tristes. No les gusta el clima de Santa Cruz”, comenta mi hijito Sebastián. “¿Cómo lo sabés? No los escuché hablar”, digo. Sebastián explica: “Me lo dijeron muy despacio”. Ahora mi hijito les susurra algo ininteligible a los dos loros. Lo miro y él me dice: “Les expliqué que no tienen que quejarse, porque su jaula tiene techo. No se van a mojar. Además, les conté que el clima en Holanda es aún peor que el clima de Santa Cruz. Tengo razón, ¿no es cierto, papá?”. Coincido: “Ay, sí, el clima de Holanda es horrible, sobre todo en este período del año. Allí un loro hablador no aguantaría ni un día”. De nuevo, Sebastián les susurra algo ininteligible a los dos loros. “¿Qué les dijiste ahora?”, pregunto. “Les dije que los quiero mucho y que ahora vamos a visitar a su mejor amiga, la pava campanilla”. Delante de la jaula de la pava campanilla, mi hijito canta una canción sobre la lluvia que aprendió en su curso del colegio Adolfo Kolping. “A la pava campanilla le gusta mucho la música. Ella es como yo”, me dice. De repente, la pava emite un grito. “¿Qué te está diciendo?”, quiero saber. Sebastián contesta: “Le encantó la canción. Dijo ‘¡guau!’”. Entramos al gran aviario del zoológico, donde reina un silencio surreal. En el suelo, bajo un arbusto, vemos una tortuga y una iguana. Mi hijito las saluda: “Hola, amigas, quédense allí bajo las hojas. Va a llover en cualquier momento”. La iguana saca la lengua. Sebastián se ríe y explica: “La iguana está renegando. A ella tampoco le gusta el clima de Santa Cruz. Me está diciendo que quisiera que el aviario tuviera un buen techo, algo de chapa ondulada por ejemplo”. Verifico: “¿En serio te está diciendo esto, con todos los detalles técnicos?”. Mi hijito inclina la cabeza. Mientras tanto, me doy cuenta de que no se ven aves en este aviario. Como si pudiera leer mis pensamientos, Sebastián me dice: “Todas las aves están en un refugio. Saben que va a llover durante muchos días y ninguna de ellas quiere mojarse. Las aves del gran aviario del zoológico son muy sensibles”. Pregunto: “¿Cuál es el refugio de las aves?”. Sebastián susurra. Esta vez no es ininteligible. Capto el mensaje: “El refugio de las aves es un lugar secreto. Pero vos y yo lo conocemos”. Comento: “Ay, menos mal que las aves se encuentran allí. Eso significa que están a salvo”. Mi hijito promete: “Las vamos a visitar en la noche, papá”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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