Santa Cruz de la Sierra

La fuente del silencio (IV)

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En la segunda de mis dos novelas literarias, titulada ‘Después del día viene la noche’ y destinada como la primera a un misericordioso olvido, aparece un delicioso personaje femenino, llamado Alba Buruma. Ahora Alba se presentó en la realidad tal cual la había imaginado en la ficción. Mientras la mirábamos durante la conferencia de prensa en el aeropuerto El Trompillo, le conté en voz baja la increíble historia a mi amigo, el cineasta Tony Peredo. “Pensé que ella era una abstracción”, le dije. El cineasta comentó: “Lo abstracto muestra siempre sus raíces en lo tangible. A propósito, leí tus novelas y tengo que confesarte que me confundieron bastante. Sos como ese personaje de Hemingway en ‘Islas en la corriente’, el escritor Roger Davis, quien siempre utilizaba la misma chica en todas sus novelas. Creo que te voy a llamar Roger.” Yo, en ese momento, decidí llamarlo a mi amigo ‘Totonno’.
Para mi irritación, Alba, la fabulosa showgirl argentina (repito, ¡inventada por mí!), estaba mirando todo el tiempo a Tony Peredo. Olfateó el ramo de flores del patujú y guiñó el ojo. Mediante señas le explicó al cineasta que quería escaparse. Se intercambiaron unos gestos más. Tony sonrió y yo, sinceramente, me sentí aislado, excluido por un código de amantes. Me acerqué a mi musa, capturado por su irresistible y tan familiar aura, y le dije: “Alba, soy yo. ¿No me reconocés?” Con una ligera ronquera (ay, la sexy voz del silencio), mi diosa dijo: “No digas nada. Lo que no es palabra es sueño.”
Alba se levantó, buscó y encontró la mano del cineasta, y ambos de pronto se pusieron a correr, seguidos por una horda de reporteros y ‘paparazzi’. Yo también los seguí, jadeando y resoplando por toda la avenida La Barranca, hasta que llegamos a la iglesia de San Gabriel, en la calle Nataniel Aguirre. Dentro de la iglesia alguien tocaba música de Bach en el órgano. Una densa nube de incienso me impidió reconocerlo. Sí pude divisar que Alba y el cineasta se dirigieron al campanario. No sé cómo lo hizo, pero ‘Totonno’ con mi deliciosa musa en sus brazos, alcanzó la cima de la torre. Desde allí nos miraban, haciendo toda una serie de signos gestuales. Señalé torpemente mi inhabilidad para entenderlos. Y en ese preciso instante comenzaron a sonar las campanas. No las oí. Solo oí el ensordecedor silencio de mi envidia. Continuará.

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