Santa Cruz de la Sierra

La fuente del silencio (V)

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Asombra lo que percibe un hombre envidioso. Me sentía (y sigo sintiéndome) vulnerable, sin armadura, víctima del enorme peso del tiempo, del espacio y de la materia. El cineasta Tony Peredo y la fantástica actriz argentina Alba Buruma, entretanto, se fueron de fiesta por toda la avenida La Barranca, en un maravilloso trance compartido por vecinos y periodistas.

En el restaurante ‘El Toborochi’, que por cierto se parece cada vez más al mítico ‘Rugantino’ de Roma, Alba hizo un striptease, aclamada por la entera nobleza del barrio El Trompillo. Yo no la vi a mi inimitable musa bailando desnuda, porque el local estaba demasiado lleno de gente. Pero al final del espectáculo, al salir del restaurante, ‘Totonno’ me dijo: “Si realmente la inventaste, no te perdiste nada. Ya la conocés en todas sus formas, ¿no es cierto?”

Mientras yo fui perdiendo toda mi energía vital, los dos tortolitos se hicieron más fuertes y sobre todo más rápidos. Los reporteros y ‘paparazzi’ no pudieron seguir su alucinante carrera. Y yo tampoco, pero mi intuición me guió hacia el hotel ‘Aviador’. En el lobby los encontré, bebiendo prosecco de Franciacorta, mi espumante italiano favorito. Alba, por primera vez en toda la jornada, me sonrió a mí. Exclusivamente a mí. Una sonrisa inigualable.

Volvió el seductor susurro del silencio. Alba me dijo: “Vamos a bailar.” Me llevó a la estatua de la Madre India. A los pies del magnífico cuerpo de piedra, duro y misterioso como el silencio inquebrantable, yo le dije: “Por fin me reconociste. Soy yo, tu creador, pero no sé bailar.” Mi espléndida showgirl me confortó diciendo: “Basta con que escuches en silencio a tu cuerpo y bailarás. Basta con que recuerdes los movimientos en tranquilidad. Todo es reminiscencia.” Pero mi estado de ánimo estaba muy lejos del silencio y de la tranquilidad. Y, lamentablemente, mi rival, el cineasta Tony Peredo, el infame ‘Totonno’, vino a robarme de nuevo a mi diosa.

Fue una inefable tortura para mí, tener que mirarlos hasta la madrugada bailando felices en la fuente del silencio de la alameda El Trompillo. Alba, ¡mi deliciosa Alba!, ungió al cineasta con las aguas mágicas de la fuente. Yo estaba mirando, inmóvil e inerme. Y estaba seguro de que mi amigo (¿o acaso enemigo?) iba a realizar una película inolvidable.

Allart Hoekzema Nieboer MIGAJAS

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