Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (63)

Tengo muchas ganas de decirle a la enfermera de la clínica El Trompillo que se calle, pero mi hijito Sebastián, quien como todo niño no soporta las peleas ni los ambientes tensos del mísero mundo de los adultos, me mira muy atentamente. Así que cuento hasta diez evitando cualquier tipo de escándalo. El cineasta Tony Peredo, en tanto, sigue leyendo en voz alta. A pesar de mi irritación, logro captar la esencia de la tercera escena anotada por no sé quién en el misterioso cuaderno.
   Prácticamente, una expedición militar de la capital con las intenciones de capturar al bandolero Hurtado, había llegado en plena noche y, sinceramente, ya en avanzado estado de ebriedad a la estancia. Los soldados, liderados por el capitán Víctor Velasco y acompañados por el “Gringo Kübert”, dizque gran conocedor de las tierras rurales, fueron en el transcurso de su larga misión perdiendo la moral y la confianza. Estaban, de hecho, vagando en la oscuridad, ya que ninguno de ellos conocía el aspecto físico del bandido y, encima, la colaboración de parte de la gente del campo era nula. El mentiroso “Gringo Kübert” se había jactado más de una vez de un presunto enfrentamiento con Hurtado, pero cuando lo vio en la fiesta tocando el clarinete, acompañado por dos lindísimas guitarristas, no lo reconoció. Con el licor subido a su ya de por sí poco disciplinada cabeza, el “Gringo Kübert” decidió acercarse al conjunto musical. No sin arrogancia le dijo al clarinetista que quería bailar con una de sus acompañantes, “ya que tener una guitarrista puta es más que suficiente”. Cuando la muchacha misma y luego también Hurtado le dijeron de dejar de molestar, el “Gringo Kübert” sacó su pistola y la apuntó a la cabeza de la pobre chica. Hurtado, con una agilidad única, agarró la pistola del gringo con dos manos, girándola hacia la frente de éste. Luego le asestó un formidable puñetazo en la cara, derribándolo al atrevido y palurdo guía.
   El cineasta está leyendo de manera cautivadora. Lamentablemente, la enfermera lo interrumpe.
   —Ay, Tony, vos sos Hurtado en mi sueño —dice—. Y don Allart es el vomitivo “Gringo Kübert”.
  Todo tiene su límite. Estallo, disparando insulsas palabrotas y diciéndole mil veces que se calle. Sebastián me mira mortificado, y ella hasta peor. Bueno, lo siento por mi hijito, pero por ella no.
   —Hagamos como si todo esto no hubiera ocurrido. Fue sumamente embarazoso y humillante. Pero volvamos por favor a la historia del “Gringo Kübert” —dice Dámaso Vaca. Continuará.

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