Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (87)

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El taxista don Braulio Robles me confunde. Su amnesia, al final, no es comparable con la mía, sino que parece ser sólo parcial o, tal vez mejor dicho, selectiva. Se olvidó que ya había encontrado a la hembrita fabulosa, llamada Liliana Haber, hace cinco años, un hecho no sin importancia. Recuerda, en cambio, cosas fútiles en todos sus detalles, como por ejemplo un artículo en un periódico viejo.
   —Al leer la pieza en “El Oriente”, pensé: “No es posible que fuera así” —prosigue don Braulio—. Conociéndolo al personaje, es más probable que Hurtado le robara plata a una empresa abusiva. Creo que quería fregarlos al gerente y al accionista mayoritario doblemente. A mi parecer, las cinco gallinas y los tres jamones que el subprefecto encontró en el baúl eran una trampa. Y los lugareños lo ayudaron corroborando ese cuentito ya que el pueblo lo adoraba al gran bandolero. Hurtado y la dulce prima dejaron el carretón en algún lugar tras haber cambiado el baúl. Así fue.
   —Yo creo que robaron todo, es decir la plata, las gallinas y los jamones —dice el urubicheño Dámaso Vaca—. Y, al final, se quedaron solamente con la plata, sacrificando lo demás del botín.
—Yo creo que es hora de hacer tarea, niño —le digo a mi hijito Sebastián—. Vamos a la casa.
   —Esperen —dice la psicopedagoga quien sigue hojeando el cuaderno—. ¿No quieren saber si la escena que soñé aparece aquí en esta historia? ¿Y no les interesa descubrir lo que soñó Hurtado?
   —Claro que sí —le dice el cineasta Tony Peredo—. Volvamos al final de la tarde, ¿de acuerdo?
   —¿Doctor? —dice Dámaso al atrevido médico—. Si la señorita Haber vuelve antes, ¿nos avisa?
   Bueno, resulta ser que la enigmática señorita Liliana Haber me está esperando en el gran patio de nuestro condominio. Al bajarnos del auto de don Braulio, la vemos en todo su esplendor. El taxista también quiere bajar pero le digo que se retire porque quiero hablar con ella en privado. La primera cosa que Liliana me dice es que no me asemejo en absoluto a la foto que todos los días aparece en la página 2 de “La Estrella del Oriente”, al lado de mi columna. Luego hace una cosa que me incomoda mucho. Es decir, toca mis cachetes como para controlar si realmente existo.
   —Vamos a hablar en el patio trasero de mi casa —le propongo—. Prefiero que no nos vea nadie.
   —Me muero por ver su patio —suspira—. Es el mítico lugar donde usted y sus amigos se reúnen para hablar del tiempo, preferentemente bajo la luna llena, ¿verdad? Continuará.

Visto 197 veces Modificado por última vez en Viernes, 24 Mayo 2019 15:43

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