Santa Cruz de la Sierra

El laberinto móvil (V)

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Mientras estamos recorriendo las (aparentemente azarosas) vías de Corinto, me doy cuenta de que los barrios se asemejan mucho a los de Santa Cruz de la Sierra. Mi hijito Sebastián comenta: “Papá, Grecia es exactamente como me la imaginé.” Yo digo: “La mamá te la describió bien en sus cuentos sobre nuestro viaje de dos décadas atrás, ¿no es cierto?” El taxista don Braulio Robles dice: “Aquí es primavera. A ver cómo las hembritas griegas se desempeñan en las danzas de la fertilidad”. Llegamos a una plazuela que parece una copia de la de La Barranca de nuestro barrio El Trompillo. En la esquina divisamos un local que se llama ‘Taberna Panagiotopoulos’. Sebastián exclama: “¡Es el restaurante de Nadia y Dímitra, las gemelas, las amigas de la mamá!” El cineasta Tony Peredo le dice al taxista don Braulio: “Apuesto que tienen ouzo de la marca Mini.” El urubicheño Dámaso Vaca enseña un amplio patio al lado de la taberna con un laberíntico mosaico de patrones ovoides en el piso. Dice: “Allí vamos a bailar con las hembritas griegas. Primero, pero, necesito un par de vasos de ouzo.” Don Braulio coincide: “El ouzo fomenta la fertilidad.”

Las gemelas Nadia y Dímitra y su padre Giorgos nos reciben con gran cariño y, efectivamente, con grandes cantidades de ouzo (¡sí, de la marca Mini!). “¿Qué vamos a comer? ¿Tal vez carne de ‘Bulle’?” pregunta Dámaso. “Sinceramente, prefiero la carne de cordero”, digo yo, ya bastante harto de las bromas taurinas. Las conversaciones con las gemelas y con su padre son idénticas a las que tuvimos la primera vez que estuve en Corinto. “No vale la pena ir a Creta. Los laberintos son formaciones mentales”, me repite Giorgos. Hablamos también mucho de mi esposa Emma, quien en los años universitarios fue la mejor amiga de las gemelas. Decido llamarla para contarle todo lo que nos está asombrosamente ocurriendo. Me contesta con cierto retraso. “Emmita, estamos en Corinto, con las gemelas”, le digo. “Ay, ¿por qué no me avisaste? Me hubiera gustado estar con ustedes,” me dice. “No fue una cosa planificada. Al menos, no creo,” explico. Me viene una duda y le pregunto: “Estoy allí contigo, ¿no es cierto?” Ella confirma: “Sí, durmiendo en el patio. Sebastián también”. Le digo que me despierte allí en el lejano patio y ella lo hace. No pasa nada. Sigo aquí. “Ahora despierta a nuestro hijo”, le digo. Las últimas palabras que escucho antes de perecer dentro del laberinto son: “¡‘Bulle’, escapa hacia el mágico país de las hojas!”

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