Santa Cruz de la Sierra

El túnel de los maestros (V)

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En la movilidad del taxista don Braulio Robles, que nos lleva de vuelta al grandioso barrio El Trompillo, le digo al maestro Alfa: “Lo siento mucho, pero tengo que despedirlo como maestro integrador de mi hijo. El experimento no funcionó.” Menos mal que el hombre ensabanado se toma la cosa con filosofía. Me dice: “No se preocupe. Es mi segundo despido del día.” El cineasta Tony Peredo le pregunta: “¿Acaso ya no es asesor político de don Pedro Lero Tayo, el rival de don Braulio?” El maestro Alfa dice: “Don Pedro me botó porque quiere organizar esta noche una fiesta costosísima justo antes de las elecciones. Me dijo que iba a contratar al maestro Beta.” El taxista exulta: “¡Perfecto! Ese idiota puede quedarse con el maestro Beta. No me sirve, porque prefiero tener un asesor osado y astuto. Maestro Alfa, ahora usted trabaja para mí. Dígame, ¿cómo voy a tomar el poder?” El maestro Alfa responde: “Vamos a la fiesta de su adversario. Usted se va a presentar moderado y sobretodo muy religioso.” Don Braulio confiesa: “Vivo al lado de la iglesia San Gabriel, pero no voy nunca a misa.” Su nuevo jefe de campaña dice: “No importa. Es central saber disfrazar bien las cosas y ser maestro en el fingimiento.”
Desde el patio de mi casa bajamos nuevamente hacia el túnel, donde nos topamos con el maestro Beta. Le pregunto si quiere ser maestro integrador de mi hijo Sebastián en el kínder alemán. Me dice: “Señor Hoekzema Nieboer, el aprendizaje no es un juego de niños. No podemos aprender sin dolor. Como educador soy hasta más estricto que el maestro Alfa.” Sebastián me dice: “Papá, ya no quiero un maestro hombre. Quiero una mujer, ojalá una maestra integradora bonita y dulce.”
La fiesta del candidato Pedro Lero Tayo en el restaurante ‘El Toborochi’ es un evento sin igual. Todo el barrio está presente. La urna electoral se encuentra al fondo del local. “Ya se puede votar”, le digo al cineasta Tony Peredo, quien se encoge de hombros. Los dos candidatos deciden enfrentarse en un debate improvisado que pronto degenera en un vulgarísimo intercambio de insultos. Al final se anuncian los resultados de las elecciones: solo dos personas emitieron su voto. “La votación fracasó. El barrio se queda sin gobierno”, digo. Don Braulio me mira y dice: “Ni siquiera usted votó por mí.” Explico: “Soy anarquista. No obedezco.” El taxista concluye: “Burreras. ¡Usted es un holandés misógino, terco y pataza! El único autentico anarquista aquí es su hijo.”

 

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