Los maniquíes (II)

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El violonchelista aficionado Dámaso Vaca de Urubichá entra al restaurante ‘Hua Yuan’ con tres partituras bajo el brazo. Lo sigue el taxista don Braulio Robles. Ambos se sientan a nuestra mesa. Don Braulio nos pregunta: “¿De qué están hablando?” Mi hijo Sebastián contesta: “De maniquíes.” El cineasta Tony Peredo explica: “Sebastián acaba de decirme que soy un maniquí vanidoso.” El taxista dice: “Hablando de maniquíes, hoy la policía trató de engañarme. En el cruce de la Madre India había un cartel montado sobre una camioneta de patrulla con un texto que hablaba de la importancia de ponerse el cinturón de seguridad. Dentro de la camioneta parqueada había un maniquí en uniforme con un chaleco amarillo y una gorra. Una cosa ridícula, demasiado trucha. No sé por qué, pero de alguna manera el maniquí me dio pena.” Armando, el dueño del restaurante chino, le pregunta: “Pero, ¿usted por lo menos se puso el cinturón?” Don Braulio responde: “Claro que no, muy incómodo para un piloto innato como yo.” Para nuestra sorpresa, Sebastián repite la frase de Confucio sobre el hombre inferior que prefiere la comodidad a la virtud. Yo digo: “Don Braulio es un hombrecillo. O sea, un ‘mannetje’ también.” Sebastián exclama: “¡Sí, un maniquí!” Armando comenta: “Yo iba a decir que don Braulio es un irresponsable. El pobre hombre sigue creyéndose inmortal. Tenemos dos vidas, la segunda empieza cuando nos damos cuenta de que solo tenemos una vida.” El cineasta Tony Peredo concluye: “De nuevo, Confucio.”
Durante la cena en el local chino, el urubicheño Dámaso Vaca nos habla de las tres partituras que trajo. “Tengo que hacer unos arreglos para violonchelo. Me contrató Alfredo, el sastre chino que tenía un puesto en el mercadito”, dice Dámaso. “Armando nos contó que Alfredo va a abrir una tienda nueva en la vieja peluquería de al lado. Es algún negocio que involucra a tres maniquíes. ¿Sabés algo más?” le pregunta el cineasta. El urubicheño contesta: “La tienda se llama ‘Gugong’ y abre mañana. Sé que es una cosa política y muy bien planificada. Alfredo, así dice él mismo, quiere llenar el vacío de poder en el barrio El Trompillo”. Don Braulio – quien no hace mucho postuló para presidente de la junta vecinal del barrio, una aventura que fracasó clamorosamente – dice: “El electorado del barrio es muy traicionero. No sirve”.
Dámaso aclara: “Eso no le interesa a Alfredo. Él no cree en la democracia”. Continuará.

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