Los maniquíes (IV)

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Mientras miro con asombro a los tres maniquíes en la nueva tienda ‘Gugong’, el ex sastre chino Alfredo explica: “El emperador tiene bondad en el corazón y belleza en el carácter. Es humilde y modesto en su actuación y en su discurso.” El taxista don Braulio Robles, quien nunca ha tenido miedo a ser considerado estúpido, insiste: “El emperador no se mueve ni habla porque es un maniquí.” Alfredo sonríe. El cineasta Tony Peredo me susurra al oído: “¡Ojo! Detrás de semejante sonrisa falsa hay dientes afilados.” Yo le pregunto: “¿Confucius dixit?” El cineasta me contesta en alemán: “Genau. Also sprach Konfuzius.” Resulta que el ex sastre chino escuchó nuestro breve diálogo. “Obviamente, en ustedes la cultura prevalece demasiado sobre la naturaleza, lo que los convierte en unos pedantes insoportables”, dice el hombre para luego retomar su elogio del emperador: “Nos hallamos ante una familia ejemplar, cuya cabeza nos ilumina a todos. El emperador está en equilibrio y en paz consigo mismo. Por eso no se altera nunca. Y cuando sufre lo hace en silencio, con gran dignidad.” Alfredo toma al maniquí más pequeño en sus brazos y lo lleva con extrema cautela a otra pieza al fondo del local. Dámaso Vaca de Urubichá, en tanto, se siente con su violonchelo y un atril con tres partituras al lado de la cuna. Cuando Alfredo vuelve, el urubicheño comienza a tocar. Reconozco la pieza: ‘La muñeca enferma’ de Tchaikovski. Vemos que el pequeño maniquí está cubierto de puntitos rojos. El ex sastre chino lo lleva afuera, donde la gente del barrio está esperando con impaciencia creciente. “Ahora pueden entrar a saludar al emperador y su esposa. Pero con mucho cuidado, porque la niña imperial está mal. Y no se olviden de la cuota voluntaria” dice Alfredo a los súbditos.
El espectáculo cursi en la tienda ‘Gugong’ nos arruina el apetito. Decidimos saltar el almuerzo. “Quiero volver a la Madre India. Quiero ver al maniquí Tony. Voy a preguntarle al tío Dámaso si quiere venir con nosotros”, dice Sebastián. El urubicheño sale del negocio y dice: “Lo siento, no puedo. Tengo un contrato.” Cuando llegamos al cruce de la Madre India, mi hijito saluda al maniquí vestido con ropa alemana. Le deja un plato de tallarines del restaurante chino ‘Hua Yuan’ y una lata de cerveza. En el techo de la camioneta de patrulla pone un cartel que dice: TONY. No sé por qué, pero de pronto el piloto innato don Braulio Robles se pone por primera vez en su vida el cinturón de seguridad. Continuará.

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