Los maniquíes (V)

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Para mi espanto, a la mañana siguiente me lo encuentro al ex sastre chino Alfredo en mi casa con una caja de cartón en sus brazos. “¿Quién lo dejó entrar?” le pregunto. “Su hijo. Un niño con un gran potencial de lealtad y respeto”, responde Alfredo. Miro a mi hijito Sebastián, quien me dice: “El señor chino trae un regalo. Por eso le abrí la puerta. Me gustan los regalos.” El ex sastre chino saca un kilo de arroz de la caja de cartón. “Esto es para vivir”, explica. Luego saca un ramo de flores de la caja, diciendo: “Estas son para tener algo por lo que vivir. Cortesía del emperador.” Yo le devuelvo enseguida el arroz y las flores, diciendo: “No acepto el regalo. Usted está creando un orden imaginado que no me agrada.” Alfredo rebate: “¿Un orden imaginado? Todo lo contrario. El emperador tiene el mandato del cielo. Él media entre nosotros y el cosmos.” Yo explico: “El cosmos no necesita mediador y nosotros tampoco.” Alfredo se va sin decir nada.
Al mediodía me llama el urubicheño Dámaso Vaca con voz suplicante: “Allart, vení aquí por favor, al negocio ‘Gugong’. Me siento atrapado en una pantomima sin salida.” Le pregunto: “¿Qué está pasando exactamente?” Dámaso dice: “Bueno, en términos exactos estamos simulando un velorio. La niña imperial se murió.” Antes de ir a la tienda ‘Gugong’ con el taxista don Braulio, recogemos al cineasta Tony Peredo. Al recorrer las calles del barrio El Trompillo, notamos que todos los automovilistas tienen el cinturón de seguridad abrochado. Sebastián pregunta: “Papá, ¿podemos pasar por la Madre India? Extraño al maniquí Tony.” El cineasta dice: “Sinceramente, yo también extraño a mi álter ego. Además, quiero agregar algo al nombre.” Mi hijito y Tony bajan frente a la camioneta de patrulla de la policía. El cineasta sube al techo, agarra el cartel, escribe algo y cuando baja leemos: KAISER TONY.
El violonchelista aficionado Dámaso Vaca está tocando ‘El funeral de la muñeca’ de Tchaikovski, cuando llegamos al velorio. “Ya no puedo más. Es una trampa oprimente. Después del funeral, Alfredo va a anunciar el embarazo de la esposa del emperador. Y yo voy a tener que tocar ‘La muñeca nueva’”, me susurra Dámaso. En la esquina del local ya no está la cuna sino un pequeño ataúd. La gente del barrio mira callada hasta que se escucha una carcajada metafísica. Todos los presentes empiezan a cuchichear: “¡Abajo el tirano! Queremos Kaiser Tony, Kaiser Tony…”

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