Los arquetipos (II)

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El día después de la gran final del certamen de Miss Bolivia, un domingo, lo pasamos bastante bien. Sebastián, quien adora el agua, comenzó la jornada con un largo baño, desencadenando una batalla naval en la tina entre su patito de goma y un antiguo velero de plástico. Con mi esposa Emma vimos unos partidos de la Copa del Mundo de fútbol. Hablé por teléfono con el cineasta Tony Peredo, contándole del concurso de belleza y del enigmático “miembro de la compañía”. El cineasta dio rienda suelta a su notoria erudición, citando un pasaje de la ‘Ilíada’ de Homero acerca del juicio de Paris y declamando dos poemas, de Yeats y Rubén Darío respectivamente, sobre Leda y el cisne. La única nota desentonada fueron unos graznidos estridentes que oímos al final de la tarde. Sebastián corrió hacia afuera, pero no descubrió de dónde vinieron los molestos ruidos.
El lunes, a las doce y media, recogimos con el taxista don Braulio Robles a mi hijito Sebastián del kínder alemán. Su profesora me dijo, sin sorprenderme: “Hay un problema, ‘Herr’ Hoekzema Nieboer”. Yo dije: “No me diga.” La profesora prosiguió: “Sebastián no sabe jugar a fútbol en lo absoluto.” En realidad utilizo el término “überhaupt nicht”, un juicio prácticamente definitivo en alemán. Yo le comenté: “No saber jugar a fútbol no me parece un problema, sinceramente”. La mujer me corrigió: “Se equivoca. ‘Herr’ Hoekzema Nieboer. Su hijo no sabe formar parte de un equipo. Roba la pelota con las manos y no la devuelve nunca. La tiene para sí mismo. Hoy pintó dos ojos y una nariz en la pelota, llamándola ‘Joyce’. Los demás niños se burlaron de él.”
Fuera del kínder alemán, justo cuando estábamos por subir al auto de don Braulio, nos hizo señas un hombre. Para mi horror, fue el miembro de la compañía. “¿Será que pueden llevarme al barrio El Trompillo?” nos preguntó. “Lo siento, no hay campo”, dije. Don Braulio me dijo: “No sea tan frío. ¿Acaso la hospitalidad no es también ley del holandés?” Y al miembro de la compañía le dijo: “Suba, señor. No le haga caso al fregado ese. Su hijo es bueno, porque nació aquí. Él no”. El hombre subió, diciendo: “Lo sé. Nos conocimos anoche. El señor Hoekzema Nieboer es el típico extraño en tierra extraña. Está sumamente desorientado. Pero yo lo voy a ayudar, soy un viejo sabio, un guía. Voy a arrojar luz sobre la senda”. El taxista don Braulio comentó: “Yo también soy un viejo sabio”. El otro dijo: “Todo lo contrario. Sé que usted es un niño eterno”. Continuará.

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