Santa Cruz de la Sierra

Los arquetipos (IV)

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Antes de que el miembro de la compañía pudiera decirle al cineasta Tony Peredo qué tipo de sorpresa le tenía, mi hijito Sebastián agarró la bolsita de plástico y la abrió. Inmediatamente comenzó a llover fuerte y feroces vientos iniciaron a golpearnos, provenientes de tres puntos cardenales a la vez. Corrimos hacia la movilidad del taxista don Braulio Robles. “¿Por qué abriste la bolsa de los vientos? ¿Acaso te gustan las acciones inconscientes?” le preguntó el miembro de la compañía a Sebastián, quien se limitó a sonreír, no sin picardía. Luego el hombre me miró a mí y dijo: “Usted tiene que hacerse valer como padre. Su papel es crucial.” Don Braulio comentó: “No nos gusta la autoridad. Todos somos niños eternos en el barrio El Trompillo. Es nuestra filosofía de vida.” El maestro de compañía dijo: “Por favor, no proyecte sus propios defectos en los demás.”

Una vez dentro del auto del taxista don Braulio, el cineasta Tony Peredo le preguntó al enigmático hombre: “Entonces, ¿cuál sería la sorpresa?” Mientras recorríamos la mítica avenida La Barranca, que estaba completamente inundada, el miembro de la compañía contestó: “Llegó una carga aérea.” Y a don Braulio le dijo: “Vamos a la calle Plácido Molina, Hangar 82, ojalá evitando a cualquier monstruo marino.” El Hangar 82 resultó pertenecer a la empresa Aeroeste. Antes de entrar asistimos a una cosa, por decirlo suavemente, ridícula. El miembro de la compañía agarró a Quietscheentchen, el patito de goma de Sebastián, y lo arrojó contra las puertas corredizas automáticas del Hangar 82, las cuales claramente no se abrieron. “Intente con ‘Ábrete Sésamo”, aconsejó don Braulio. El cineasta observó: “Leyenda equivocada. El miembro de la compañía piensa que las puertas automáticas son como las Simplégades, las rocas erráticas.” Don Braulio dijo: “Solo los niños eternos sabemos que las puertas automáticas se activan con un sensor.”

Resultó ser que la carga aérea fue un contenedor lleno de bloques, tablas y vigas de madera. “Es un regalo para usted, señor Peredo, de parte de la compañía”, explicó el hombre. “No tengo tanto espacio en mi casa. ¿Dónde lo vamos a dejar?” preguntó el cineasta. “En la plazuela, al lado del arenero. ¡Vamos a armarlo allí!” exultó mi hijito Sebastián. “Yo dije: “De acuerdo, pero ¿armar qué? ¿De qué exactamente estamos hablando?” En ese momento volvimos a oír desde afuera los misteriosos graznidos estridentes. “Quiero chapotear en el agua”, dijo mi hijito. Continuará.

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