Santa Cruz de la Sierra

La trampa de la pobreza

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Cuando un italiano no quiere, o no puede o no sabe contestar a una pregunta específica, siempre acude a la sabiduría popular, a los proverbios, y así me contestó un amigo a mis preguntas sobre el hambre: “La fame aguzza l’ingegno” (“El hambre aguza el ingenio”). Que es verdad, en parte, en casos de hambre circunstancial, pero el hambre endémico, el hecho de consumir menos de 2.000 calorías diarias, es una condición de la pobreza absoluta que influye en el crecimiento físico e intelectual de millones de personas, especialmente niños, las víctimas verdaderas de esta gran injusticia social que es el hambre en el mundo.

Cada año, más de 3 millones de niños no superan los cinco años de edad, y más de la mitad de estas muertes son debidas directa o indirectamente a la escasa alimentación. Y, además de la muerte, la malnutrición crónica causa debilitación de la vista, un estado permanente de fatiga que ocasiona una baja capacidad de concentración y la dificultad de mantener hasta las funciones básicas vitales.

Muchos expertos están convencidos de que la mejor manera de aliviar el hambre en el mundo es la educación; es más fácil para un individuo educado salir del ciclo de la pobreza, principal causa del hambre. Pero, a corto plazo, el trabajo maravilloso de los bancos de alimentos de las arquidiócesis me parece un alivio casi inmediato del problema; estas organizaciones, con el trabajo de voluntarios con vocación de servicio, recuperan una enorme cantidad de alimentos salvándolos de terminar en la basura.

La directora de la Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia (Abaco), Ana Catalina Suárez, indica que en Colombia se pierden o se desperdician 9,76 millones de toneladas de comida al año, hecho alarmante porque, explica, esto representa el 34 por ciento de los alimentos que el país podría consumir en un año, es decir que por cada tres millones de toneladas disponibles, un millón va a la basura.

Con la ayuda de la organización Abaco estamos implantando una campaña de desperdicio cero, y queremos llegar, con la creación de comedores sociales, a los barrios más deprimidos de las ciudades. Porque la paz no es solo el fin de la guerra, la paz es el respecto de los derechos humanos, entre los cuales está la alimentación.

Y, sobre todo, el respeto del derecho a crecer física e intelectualmente sano.

Un derecho que debería ser garantizado a todos los niños del mundo.

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