Santa Cruz de la Sierra

Libertad física y libre expresión

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En los últimos años, el país ha visto cómo jueces cautelares han despojado a autoridades electas del derecho fundamental a la libre expresión a cambio de permitirles desplazarse físicamente de un lugar a otro, como lo puede hacer la mayoría de los animales domésticos. 

Y es que en las audiencias cautelares de autoridades, políticos oficiales, procesados por supuestos hechos de corrupción,  se sienten beneficiados que los jueces, políticos extraoficiales, les intercambien su libre expresión y otras medidas restrictivas a cambio de no mandarlos detenidos en forma preventiva a una cárcel hacinada, donde sus derechos y la misma vida no valen casi nada. 

Ya ni causa asombro que una autoridad, circunstancial libre, le imponga a otra autoridad, circunstancial procesada, la prohibición de no comunicarse con sus electores a través de los medios de prensa. Es decir, no puede justificar o explicarle a su pueblo su verdad, a pesar de que los ciudadanos tienen el derecho a ser informados sobre la gestión pública y solo pueden escuchar la versión de la parte acusadora, que busca una muerte civil, prohibida por la Constitución Política del Estado, para el procesado. 

No es menos grotesco que las personas procesadas acepten el perverso cambalache y es porque muchos políticos han perdido o no han tenido nunca la entereza mínima para servir al pueblo, sin importar los sacrificios. 

Nicolás Maquiavelo nos enseña que para comprender el presente y proyectar el futuro tenemos que ver los hechos pasados o la historia y en ese sentido trataré de ver qué es más importante: la libre expresión o la libertad física. 

Para ello debemos analizar dos procesos de dos pueblos y de dos continentes.  El primer hito se da en la Revolución Francesa de 1789, que sirvió de inspiración a todos los pueblos del mundo. 

La primera y gran declaración sobre los derechos humanos, fue la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada en agosto de 1789, por la Asamblea Constituyente francesa. En ella se establece, en el artículo XI, que la comunicación sin trabas de los pensamientos y opiniones es uno de los más valiosos derechos del hombre, todo ciudadano puede hablar, escribir y publicar libremente, consagrando el derecho universal y natural a la libre expresión. Fue recién abolida la esclavitud por la Convención Nacional el 4 de febrero de 1794, es decir casi 5 años después. 

El pensamiento político y humanista de Jean-Jacques Rousseau, Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu y François-Marie Arouet (Voltaire) no solo influenció Europa, sino también llegó a nuestro continente. Antes de manifestarse en Bolivia, ya en 1776, EEUU consigue la independencia de la corona británica. 

En septiembre de 1789 se aprueba la primera enmienda de su Constitución, protegiendo y consagrando la libertad de expresión, como un derecho fundamental. 

Tuvieron que pasar 76 años, para que la mayoría de los estados ratificaran la decimotercera enmienda, donde se abole la esclavitud. 

Podemos seguir analizando la historia y los países. El nuestro consagra la libre expresión y repudia la esclavitud en todas sus formas, aún las disfrazadas de padrinazgos religiosos que en el campo era la manera fácil para que los ahijados realicen trabajos de campo y las ahijadas labores del hogar; en ambos casos sin recibir la justa remuneración ni la seguridad social. 

Cuando entonamos las ocho estrofas de nuestro sacro santo Himno Nacional, cantamos con voz en cuello “morir antes que esclavos vivir”. Digo las ocho estrofas como lo establece la Ley del Himno Nacional, que tengo el orgullo de ser el proyectista por el año 2000, cuando se había hecho costumbre entonar solo cuatro estrofas. 

Es necesario hacer la pregunta de siempre: ¿quién tiene más culpa? ¿el juez que actúa en contra de la misma CPE o el político que pierde sus valores, principios y dignidad al trocar el derecho a la libre expresión por la libertad que tienen los animales domésticos? 

Ya se acabaron los hombres cómo Nelson Mandela, Salvador Allende o Tomás Moro, quienes optaron por el sacrificio y la misma muerte, pero no callaron, llegando al extremo de decirle a su verdugo: te encargo que al decapitarme no dañes mi barba, ya que ella no ha desobedecido al rey Enrique VIII. Esto ante el llanto y la ovación de la multitud. 

Incluso en la inquisición les permitían expresarse libremente mientras encendían la hoguera, como Jacques de Molay que pidió ser quemado frente a la catedral de Notre Dame y con voz firme invocó la justicia divina profetizando así: “Dios sabe quién se equivoca y ha pecado y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir Clemente, y tú también Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los dos ante el Tribunal de Dios!... A ti, Clemente, antes de cuarenta días, y a ti, Felipe, dentro de este año.

Y así fue. Primero con la muerte de Clemente V, luego con el fallecimiento de Felipe IV, en los plazos señalados.

 

 

 

Carlos Subirana Suárez 

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