Alter Ego (III)

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La misteriosa y densísima bruma de la zona del Club de Tenis Santa Cruz ahora se expande por toda la ciudad e incluso parece penetrar mi mente, mientras nos dirigimos al aeropuerto…

El zumbido de los motores del avión me hipnotiza. A mi lado, Sebastián se pone la caracola al oído. La última cosa que mi conciencia capta es el asombro en el rostro de nuestro hijito…

Al día siguiente me despierto por unos ruidos sospechosos. Bajo la escalera y en el salón de mi casa me topo con don Braulio Robles, taxista, amigo y confidente del barrio El Trompillo. Don Braulio me mira como si estuviera viendo un fantasma. “¿Qué hace aquí?”, le pregunto. “¿Qué hace aquí usted? Pensé que ya estaba en Madrid. Estoy aquí para darles la comida a sus gatos. ¿No se acuerda que me dio la llave de la casa anoche en el aeropuerto?” rebate el taxista. “Mi papá cambió de idea en el último momento”, explica Sebastián, bajando la escalera con uno de los gatos en sus brazos. “¿Así que al final doña Emma viajó sin ustedes?” pregunta don Braulio. Mi hijito (quien está mucho más despierto que yo) contesta: “Sí, mi mamá viajó a Madrid y mi tío Tony se fue a Italia.” El taxista dice: “Quiero abrazarlos a los dos. Quiero verificar si ustedes son reales.” Mi hijito dice: “Yo solo abrazo a mi mamá, a mi papá y a mis gatos.” Yo digo: “Yo no abrazo a nadie.” Don Braulio comenta: “De acuerdo. Por lo menos, los dos suenan reales. Sobre todo la auténtica frialdad holandesa de usted, don Allart, me convenció.” Decidimos (o mejor dicho, Sebastián y don Braulio deciden por mí) desayunar en el mercadito El Trompillo. Llegados allí, digo: “Ay, no, ya estoy arrepentido. Tengo ganas de viajar, quiero estar en Madrid. Quiero un delicioso desayuno madrileño en el magnífico Gran Hotel Velázquez.” Sebastián exclama: “¡Sííí! ¡Yo también! Quiero estar en la habitación 208 del hotel en Madrid. ¿Te acordás, papá? El año pasado estuvimos allí, es mi habitación favorita en mi hotel favorito.” El taxista don Braulio comenta: “No lo entiendo, don Allart. Si está arrepentido y si le gusta tanto el desayuno madrileño, ¿por qué no viajó?” Respondo: “Ay, don Braulio, el problema es que yo no me entiendo a mí mismo.” Mientras tanto, Sebastián se pone nuevamente la caracola al oído. El taxista dice: “El problema es que a usted no le gusta elegir.” Mi hijito dice: “Papá, te estoy escuchando en la caracola. Estás hablando con la mamá en Madrid.” Continuará.

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