Alter Ego (V)

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En el célebre establecimiento balneario italiano ‘Il Gabbiano’, sobre un paseo marítimo que de alguna manera me recuerda a la avenida La Barranca, hago señas al camarero. El hecho de que éste sea Javier ya no me sorprende, pero sigo sintiendo cierto rechazo hacia él. Le pido, no sin arrogancia, una cerveza boliviana. Javier vuelve pronto con una lata de Paceña y me pregunta cómo estoy. Le digo que mi confusión no disminuye. Él comenta: “Usted está mejor que yo. Ni siquiera recuerdo si acabo de volver a Nettuno o si nunca me he ido de aquí. Sin embargo, de una cosa, que no es más que un detalle, estoy seguro. Usted escribió su brillante poema ‘Siete caracolas’ aquí en la playa.” El cineasta Tony Peredo, quien ha estado observándonos todo el tiempo sin decir nada, ahora se ríe. “¿Qué te pasa a vos? Mi situación no me parece tan graciosa”, le digo. “Me vas a disculpar. Me reí por la sorprendente elección de palabras del camarero Javier”, explica el cineasta. Llamo a mi hijito Sebastián, quien está jugando en la orilla del mar. Cuando está a mi lado le digo al oído: “Escuchá tu caracola. Quiero saber si siguen preparando la fiesta de la condecoración del tío Tony.” Sebastián susurra: “Tiré la caracola al mar. No sirve. Yo quería escuchar el mar de Holanda, pero esa caracola solo contenía raras palabras y frases.” Le paso la lata de Paceña vacía y le digo que acerque el agujero a su oreja, lo que mi hijito hace enseguida. “¡Wow! Escucho la playa de mis abuelos de Holanda. ¡Papá, vamos a Holanda!” exclama.

Escucho el zumbido de los motores del avión sin sentir ninguna perturbación dentro. Tengo la mente despejada y el corazón lleno de determinación. Mi hijito Sebastián sigue oyendo el mágico flujo del mar en la lata vacía…

Pasamos unos días inolvidables en la playa holandesa. El camarero Javier nos sirve con mucha atención, pero no nos reconoce. En el viaje de regreso hacemos escala en Madrid, donde recogemos a mi esposa Emma. Los tres volvemos felices y relajados a Santa Cruz. Al salir del aeropuerto, bajo un cielo sin bruma ni nada, me llama el dueño del periódico ‘La Estrella del Oriente’. Me pregunta si estoy dispuesto a condecorar esta noche a mi amigo Tony Peredo. Le digo al esquivo dueño: “Sí, lo voy a hacer, pero no como el Alter Ego de usted.” Me pregunta: “¿El término te repele?” Respondo: “El término ‘Alter Ego’ me horroriza.”

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