El sacrificio (I)

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El dueño del pecaminoso diario ‘La Estrella del Oriente’, un hombre paradójico y no desprovisto de histrionismo, me recibe en el piso 16 de la torre Alas, en el norteño barrio de Equipetrol. “Allart, la altura invita a hablar de cosas trascendentes. Bienvenido a mi escondrijo celestial. Aquí estamos lejos de las bajezas de la tierra. Pero ¡ojo!, no se consigue el paraíso sin sacrificios”, me dice, mientras trato de ignorar mis vértigos. No puedo evitar pensar que la torre está construida sobre arenas movedizas. El piso tiene vistas a toda la ciudad. Busco el sur y al final encuentro a lo lejos la torre de control del aeropuerto de mi barrio El Trompillo. Pero mi mareo sigue. Digo: “Me va a disculpar. No quiero hablar de cosas trascendentes ni celestiales. El tema es mucho más profano. Quiero tomarme una pausa, no puedo seguir escribiendo mis columnas. Me falta la inspiración.” El dueño de ‘La Estrella’ sonríe y confiesa: “No me parece el fin del mundo. Yo ni siquiera leo tus artículos. Sinceramente, nunca leo mi propio periódico.” Respiro hondo y digo: “Entiendo. Usted es el dueño todopoderoso. No necesita leer su periódico. La única cosa que tiene que hacer es financiarlo.” El dueño sigue sonriendo. “Así es. Ahora tomate tu bendita pausa.”

Me siento aliviado y vacío a la vez cuando subo al auto del taxista don Braulio Robles. “Así que usted oficialmente dejó de escribir. Ya no es periodista. ¿Es algo permanente o solo un capricho?” quiere saber el taxista. “No lo sé. La única cosa que sé por ahora es que no puedo más”, digo. Don Braulio dice: “¡Qué lástima! La vida es bien irónica, don Allart. Justo hoy encontré a un lector suyo. Era un tipo rarísimo. Me recordó a esos fanáticos religiosos.” Pregunto: “¿Cómo sabe que ese tipo era mi lector?” El taxista responde: “Porque declamaba enteros pasajes de sus columnas del periódico, mientras lavaba mi auto. Imagínese, se ofreció a lavar mi auto gratis. Realmente, es un tipo muy raro y reverente. Me dijo que usted es su ídolo. Y la cosa más rara eran sus botas. Llevaba botas de un diseño extraño. Parecían del futuro.”

Recogemos a mi hijito Sebastián del kínder alemán. Al subir al auto, dice: “Papá, ¿te acordás de mi libro de los planetas?” Contesto: “Claro. Ese libro es tu biblia. Lo leemos todos los días.” Sebastián insiste: “¿Y te acordás de la foto en mi libro de los planetas, la foto de la huella de un astronauta?” Digo: “Por supuesto.” Mi hijo dice: “Yo vi la misma huella aquí en el arenero.” Continuará.

 

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