El sacrificio (III)

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“Al decir que la religión está en el corazón y no en las rodillas, prácticamente criticaste su rito espiritual. Pobre hombre. ¿No se ofendió por tu comentario?” le pregunto al urubicheño Dámaso Vaca. “No, todo lo contrario. Me agradeció y dijo que iba a cambiar su manera de rezar”, contesta Dámaso. “Tío, el hombre llevaba botas de astronauta, ¿no es cierto? Yo quiero esas botas. ¿Te dijo dónde las había comprado?” le pregunta mi hijito Sebastián. El urubicheño dice: “Si te digo dónde y sobre todo cuándo las consiguió, no me vas a creer. El hombre las compró en el mercadito El Trompillo, en el año 2040.” El taxista don Braulio Robles me mira y comenta: “Yo se lo dije a usted, don Allart, que las botas tenían un diseño del futuro.” Sebastián me pregunta: “Papá, ¿cuántos años voy a tener en el año 2040?” Respondo: “28.” Don Braulio dice: “Y tu padre al menos 100.”
En la casa, después del almuerzo, hago una siestita que me lleva a una realidad onírica despojada de pormenores. Camino junto a mi hijo en un mundo esencial. Los dos somos mucho mayores y noto, por nuestras sombras proyectadas en la calle, que Sebastián es más alto que yo. Llegamos a un aeropuerto donde encontramos una agencia que organiza viajes nostálgicos. Hablo con la dueña y me doy cuenta de que perdí completamente mi acento holandés. ¡Hablo español como un cruceño! A través de mis lágrimas veo que Sebastián se aleja. Me doy la vuelta y entro en una máquina que se parece a una enorme lavadora. Llevo un libro conmigo en mi viaje nostálgico.
Me despierto bruscamente. Contesto el teléfono. El cineasta Tony Peredo me dice: “Allart, volví a hablar con el hombre con las botas de astronauta. Mi contó una cosa increíble. Explicó cómo llegó aquí.” Le pregunto: “¿Y dónde está el hombre ahora?” Tony responde: “No lo sé. Ya se fue. El hombre es viejo, pero muy rápido.” Digo: “No entiendo por qué no me visita directamente a mí. ¿Por qué está creando todo un misterio a través de apariciones repentinas ante mis amigos? Es un tipo inescrutable.” El cineasta comenta: “En su manera de gesticular me recuerda a vos y también a tu hijo.” No sé qué decir. Tony prosigue: “El hombre, por supuesto, es muy anciano. Sin embargo, noto una correspondencia esencial.” La palabra ‘esencial’ aumenta mi perplejidad. “Tony, parece que el hombre no quiere visitarme en este mundo. Pero creo que lo vi en mi sueño. O peor, creo que soy él en mi sueño”, confieso. Continuará.

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