Santa Cruz de la Sierra

El sacrificio (IV)

El cineasta Tony Peredo nos recoge en el condominio Siena, sobre la avenida La Barranca, y juntos vamos al aeropuerto El Trompillo. “¿Vamos a mirar los aviones, tío Tony?” pregunta mi hijito Sebastián. “No. Tu padre y yo queremos averiguar algo. Vamos a una agencia de viajes dentro del aeropuerto”, responde el cineasta. La dueña de la agencia ‘Tiffany Tours’ nos recibe con una gran sonrisa. “Queremos saber si alguien llegó recientemente aquí gracias a su servicios especiales de viajes nostálgicos”, le explica Tony. “Sí, ayer llegó un pasajero. Fue el primero en muchos años que se atrevió a sacrificarse” contesta la dueña. Repito, no sin consternación: “¿Sacrificarse?” La mujer responde con naturalidad: “Como todo el mundo sabe, nosotros ofrecemos viajes en el tiempo. Una oportunidad fantástica. Pero son viajes solo de ida, solo hacia el pasado. La tecnología no permite el retorno.” El cineasta, quien sabe más de las ciencias que yo, observa: “Entonces, usted está diciendo que el pasajero llegó ayer desde el futuro y no puede volver. Eso, evidentemente, es un sacrificio considerable.” Yo le pregunto a la dueña de ‘Tiffany Tours’: “¿Podemos ver la máquina con la que se realizan los viajes nostálgicos?” Ella dice: “Lo siento. Solo los pasajeros tienen ese privilegio.” El cineasta suplica: “Por favor, señora.” Yo le digo a Tony: “No insistas. Te la puedo describir. Vi la máquina en mi sueño, es como una gran lavadora.” La mujer ya no sonríe.
En el taller de mi esposa Emma, sobre la calle Nataniel Aguirre, al lado de la iglesia de San Gabriel, le contamos lo que descubrimos en el aeropuerto El Trompillo al urubicheño Dámaso Vaca. “Yo ya sabía que el hombre con las botas de astronauta es un peregrino del futuro. Pero, ¿por qué se está sacrificando? ¿Cuál es su misión?” pregunta Dámaso. “Ojalá quisiera venderme sus botas”, suspira mi hijito Sebastián. “Pero sus botas son muy grandes”, le dice Tony Peredo. “No importa, tío Tony. Puedo esperar. Las compro y voy a esperar a que tenga 28 años.” Involuntariamente, pienso en la larga sombra de mi hijo en mi sueño. Ahora entra al taller el taxista don Braulio Robles. “¡Lo vi con un libro! Estaba predicando en el mercadito. ¡Volví a verlo al loco ese!” exclama. “¿Cuál es el libro sagrado del loco?” pregunto. El taxista se ríe. “Eso le va a gustar, don Allart. El libro se titula ‘Migajas’, como su crónica en ‘La Estrella del Oriente’. Es una compilación de sus columnas.” Mi hijito Sebastián dice: “Papá, ya sé que significa ‘migajista’.” Continuará.

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