Idiota utopía (I)

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Hay recuerdos de infancia persistentes y otros frágiles. Sobre éstos poco se puede decir, suelen desaparecer o bien, si son evocados, tienen poca consistencia, mientras se los evoca van diluyéndose, no importan a quien los escucha, dejan de importar a quien los evoca.
Los otros tienen otra suerte: por algo, que hay que desentrañar, se obstinan en persistir, a veces hasta la muerte, incluso cuando las vidas son tan abrumadoramente largas que bien podrían haber naufragado. En grandes momentos de las películas de Bergman se puede advertir ese extraño fenómeno; es inolvidable en El ciudadano Kane, de Orson Welles, la palabra “Rosebud”, ¿qué fue para Kane, un trauma, un afecto, una esperanza, una decepción?
Sea lo que fuere, el recuerdo, en ese caso, no sigue la economía general de la memoria que procede ordinariamente encapsulando o borrando, en una dinámica a veces incomprensible: ¿cuántas veces me sentí asediado por una tontería y otras con enormes dificultades para recuperar un momento emocionante? No hay forma de calificar los recuerdos, vienen o no quieren venir sin que uno pueda hacer nada al respecto. Pero hay algunos persistentes, más notables si se han originado en la infancia y uno carga sobre sus espaldas numerosas décadas de experiencias de toda índole. Uno de ellos tiene origen en la fiesta de fin de año, en la escuela primaria, cuando estaba terminando mi primer grado.
Los rasgos de la maestra se me borran pero el hecho definitivo es que sentí por ella una adoración que no sé si marcó mi vida pero sí, involuntariamente, mi destino. Con una propensión incontrolable a la poesía pensó que sus niños debían aprender algunos “versitos” para rubricar el duro año de aprendizaje; a mí me pasó uno que terminé por deglutir pero que me hizo sentir, cuando me tocó el turno de vomitarlo, un “trágame tierra” que un empujón de la maestra resolvió. El versito, no lo olvidé, decía más o menos esto: “Mi padre quiere que sea un general/ mi madre un abogado famoso/ y yo lo que quiero es ser un señor confitero”.
Ese fue mi ingreso a la poesía y al mismo tiempo mi salida: tuve que esperar hasta la llegada a mis manos de un volumen de Rubén Darío para creer que la poesía, esquiva, y encantadora, no me rechazara del todo. Quizás, ese empujón previó mi destino, no lo puedo saber pero, sin duda, debe haber una congruencia en alguna parte, uno va siempre a un lugar, por más impreciso que sea, por más detenido que uno esté o creyendo que está atrapado, inerte y que no hay futuro. Continuará

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