Vida silente (II)

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Llegamos a conocer al enigmático A.P. Guieppe, modesto pintor de naturalezas muertas, a través de una obra suya colgada en la pared de nuestra suntuosa habitación en el hotel Panamericano. Inicialmente, no presté atención al cuadro. Fue mi esposa Emma, restauradora de pinturas con una sólida formación italiana, quien lo notó primero. Al mirarlo desde una distancia de un par de metros concluyó: “La composición del lienzo, con sus dos anaqueles repletos de libros, recuerda a la obra maestra ‘Estanterías con libros de música’ del boloñés Giuseppe Maria Crespi.” Para mi sorpresa, nuestro hijito Sebastián dijo: “Quiero dibujar ese cuadro, papá, con vos al lado.” Emmita sonrió y comentó: “Muy bien. Vas a dibujar, entonces, una ‘meta imagen’, un cuadro dentro de un cuadro.” Sebastián dijo: “Sí, porque me gusta ese cuadro y me gusta mi papá.” Nuestro hijito montó una silla frente al cuadro y comenzó a estudiarlo. “Bajemos, mi amor. Vamos a cenar con los abuelos y después vas a dibujar”, le dijo mi esposa.
En el restaurante del hotel Panamericano nos despedimos del cineasta Tony Peredo, quien tenía que presenciar la apertura del festival de cine en el barrio de San Telmo, sobre la avenida San Juan. “¿Qué tal tu habitación?” le pregunté. “Magnífica. El panorama es espectacular. Veo la 9 de Julio, Corrientes, el Obelisco, el teatro Colón… Una postal, realmente”, contestó el cineasta. “Ay, nosotros vemos una pared gris. El muro del edificio de al lado”, dije yo. Sebastián dijo: “Tío Tony, tenemos un súper cuadro en nuestra habitación. Es un cuadro con un montón de libros de un escritor que se llama A.H Biondo. Y el señor que pintó el cuadro se llama A.P. Guieppe. Yo leí los dos nombres. Es un cuadro buenísimo y lo voy a dibujar.” No sé quién entre Tony y yo estaba más asombrado. Los dos quedamos callados. Mi esposa Emma repitió en voz alta el primer nombre. “¿No es el pseudónimo que querías usar vos, Allart, a finales de los años noventa cuando tenías grandes aspiraciones como poeta y novelista?” me preguntó. “Fantasías juveniles”, dije, no sin sentir vergüenza. “Renunciaste rápido a la literatura”, comentó Emmita. La corregí: “La literatura renunció a mí.” Luego mi esposa se dirigió al cineasta: “¿Y a vos, Tony, qué te pasa? Te ves pálido como un fantasma.” Tony Peredo, un hombre con mucha confianza y poca torpeza, respondió con sorprendente timidez: “Me van a disculpar. El nombre A.P. Guieppe pertenece a una fase confusa e infeliz de mi vida. Afortunadamente, lo superé.” Continuará.

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