Santa Cruz de la Sierra

Vida silente (III)-

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Mientras el cineasta Tony Peredo tomó un taxi rumbo al festival de cine en el museo de arte contemporáneo de Buenos Aires, yo me disculpé con mis suegros y con mi esposa Emmita en el restaurante del hotel Panamericano. Había perdido el apetito. Quería indagar inmediatamente el extraño asunto del cuadro pintado por un viejo alias de Tony y representando unos libros escritos por una contrafigura mía. Mi hijito Sebastián me acompañó feliz a la habitación. “¡Otra vez somos detectives, papá!” exultó.
En la habitación constaté que Sebastián tenía razón: la firma sobre el lienzo decía A.P. Guieppe y el nombre en los lomos de todos los volúmenes pintados era A.H. Biondo. Y constaté una cosa mucho más atroz: los libros tenían títulos que yo en algún momento de mi vida había imaginado (tengo los cuadernos llenos de ideas y notas como prueba, lo juro). Vale decir, este sinvergüenza de A.H. Biondo había escrito todas las obras que yo hubiera querido escribir. La envidia que sentí fue insoportable. “Mirá, papá. Lo que me gusta del cuadro es ese papelito, el único papelito suelto entre todos esos libros”, comentó mi hijo. Mi mirada se desplazó hacia el papelito, aparentemente escrito a las apuradas y dejado al azar en el estante inferior. Tal vez una anotación del último momento, un adiós o quizás el germen de una obra nueva. “El silencio me intimida como escritor; es tan perfecto”, decía la frase.
Bajamos al vestíbulo del hotel Panamericano, donde dije al recepcionista: “Disculpe, quisiera saber algo sobre la naturaleza muerta en nuestra habitación, número 1025.” El hombre dijo: “No es una naturaleza muerta. El pintor insiste en el término ‘vida silente’.” Yo comenté: “Muy bien. ¿Y dónde podríamos encontrar al pintor de esa vida silente?” El hombre contestó: “La ultima dirección que el hotel tiene del señor A.P. Guieppe es calle Suipacha, frente al restaurante italiano ‘El Almacén’, casi esquina Corrientes.” Le dimos las gracias al recepcionista, les decimos a Emma y a mis suegros que íbamos a dar un paseo nocturno por la zona y dejamos el hotel con una gran determinación como si fuéramos dignos representantes de la agencia Pinkerton. Llegados a la calle Suipacha casi esquina Corrientes, divisamos entre una serie de palacios imponentes un inmueble pequeño, feo y ruinoso: el taller de A. P. Guieppe, pintor de vidas silentes. Continuará.

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