Vida silente (IV)

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Tocamos el timbre al lado del herrumbroso telón metálico del taller, pero A.P. Guieppe, pintor de vidas silentes, no apareció. Escuchamos una voz ronca desde el restaurante italiano ‘El Almacén’, al otro lado de la calle Suipacha: “¿Me están buscando a mí? ¡Qué raro! Pensé haber alejado de manera definitiva a toda mi clientela. Vengan, tomemos algo juntos.” Nos sentamos a la mesita del hombre y mi hijito Sebastián le dijo: “Me gusta mucho el cuadro en nuestra habitación del hotel, el cuadro con los libros de A.H. Biondo. ¿Me enseñás a pintar? Quiero ser pintor de vidas silentes también.” A.P. Guieppe le preguntó: “¿Te gusta el silencio, pibe?” Mi hijito respondió sorpresivamente: “Me gusta el silencio de la nieve en Holanda, el país de mi papá.” El pintor me miró, no sin cansancio, y preguntó: “Y usted, holandés, ¿qué quiere de mí?” Contesté: “Quiero saber muchas cosas que me tienen confundido. La primera cosa sería su relación con mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo.” A.P. Guieppe hizo muecas, tomó un gran sorbo de vino tinto y dijo: “Durante mucho tiempo nuestras vidas coincidieron. Fuimos prácticamente la misma persona hasta que, a finales de los años noventa, nuestras realidades divergieron por elección de Tony. El decidió irse a Santa Cruz de la Sierra para dedicarse al cine, yo me resigné a quedarme en Buenos Aires como pintor.” Sebastián insistió: “¿Me enseñás a pintar?” El pintor de vidas silentes sonrió, negando con la cabeza. “Ay, pobre pibe, no sirvo. Soy un especialista en derrotas y fracasos”, dijo. Por algún motivo, el hombre me cayó bien. Sentí una cierta afinidad. Le pregunté: ¿Y cuál es su relación con A.H. Biondo?” A.P. Guieppe suspiró. “Somos amigos, a pesar de todo”, reconoció. “¿Qué tipo es? ¿Por qué hizo un cuadro de todos sus libros?” le pregunté, sin poder esconder mi ansiedad. “Es un hombre obsesionado consigo mismo. Le gusta lucirse, sobre todo en su escritura, y eso no es una crítica sino una simple constatación. No puedo negar que sea un gran trabajador con un carácter muy fuerte.” De pronto el hombre se levantó. Me dijo: “Su hijo tiene la misma mirada que mi amigo A.H. Biondo.” Le pregunté: “¿Dónde lo puedo encontrar?” Pero A.P. Guieppe ya se había ido.
En el vestíbulo del hotel Panamericano nos topamos con el cineasta Tony Peredo. “¿Cómo te fue?” le pregunté. “Pura rutina. Pero después me pasó algo extraordinario” respondió. Sebastián le dijo: “Tío, encontramos a A.P. Guieppe.” El cineasta dijo: “Y yo encontré a A.H. Biondo.” Continuará.

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