Hartos

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La marcha del 21A no tuvo oradores, ni palcos, ni funcionarios cercanos a una tarima. Pero lejos de caracterizarse por su mutismo, en su espontánea anomia, las consignas y las pancartas expresaron mucho más los motivos que congregaron a miles de ciudadanos en un reclamo tan visceral como impensable en una República: desde la literalidad del “chorra” o del “devuelvan lo robado” hasta los carteles fundacionales del “partido” liderado por Alfredo Casero o la demanda de aprobación de la ley de extinción de dominio. Los reclamos del desafuero que habilitaran el allanamiento de las propiedades de la ex presidenta ejercieron un efecto inmediato: presionada por la convocatoria, momentos antes de ésta Cristina Kirchner habría cedido -con condiciones- a que se cumpla una ley distorsionada por los intereses espurios de parte del arco político.

El fin que congregaba esos reclamos fue la recuperación de los bienes de la corrupción, obstaculizada por un Senado que poco o nada representa los intereses de la sociedad. Y el eslabón que unió el hartazgo de la ciudadanía a una realidad descarnada fue un muñeco gigante que representaba a la Justicia con la leyenda “bolsos llenos, heladeras vacías”.

Si el Senado vota el proyecto de ley aprobado en Diputados para que se facilite la recuperación de lo robado en un sistema aceitado durante años, con ese dinero no sólo se pueden llenar heladeras. También se podrán construir escuelas, mejorar hospitales, acondicionar y construir nuevas cárceles. Y fundamentalmente, reconstruir las condiciones materiales de existencia para que el treinta por ciento de habitantes que viven bajo la línea de pobreza accedan a una vida digna y sin miedo. No sólo eso: podría ser el inicio de una reconstrucción ética del ejercicio de la política de la cual los ciudadanos serían sus custodios.

Porque de acceder el Senado a los reclamos de una sociedad ultrajada, nos espera una práctica de control permanente de los funcionarios que intenten sobrepasar sus facultades constitucionales. Aristóteles decía que una golondrina no hace verano. Una noche de furia tampoco: tan lejos de una antipolítica como de un reclamo fugaz, los ciudadanos de a pie debemos recuperar la res-publica. Y ni más ni menos, exigir de nuestros representantes que lejos de velar por su autointerés, representen los intereses de una ciudadanía sumida en el hartazgo.

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