Las musas (II)

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“¿Qué te pasó, amigo? ¿Perdiste la imaginación? No lo puedo creer. Vos siempre decís que la mejor forma de vivir la vida es inventarla”, le digo al cineasta Tony Peredo, mientras nos sentamos en el patio. Mi hijito Sebastián le pregunta: “¿Querés un vaso de leche con miel, tío? Es la bebida favorita de la ovejita Chipi Chapa.” Tony quiere saber quién es la ovejita Chipi Chapa. “Es la ovejita que viene en la noche para decirme ‘¡a dormir!’ Y en la mañana viene y me dice ‘¡a despertarse!’” explica mi hijito. “Necesito una especie de oveja que me diga ‘¡a trabajar! No perdí la imaginación, ni la invención. Lo que me falta es entusiasmo, vale decir, inspiración”, dice Tony. “No me digas que querés una musa que te bese en la frente”, comento yo. “Ojalá dos. ¿Te imaginás tener dos espléndidas musas de carne y hueso? Las necesito”, confiesa el cineasta. Sebastián nos da a cada uno un vaso con leche y miel, diciendo: “La ovejita Chipi Chapa ahora dice ‘¡a tomar!” El cineasta prosigue: “Allart, me gusta mucho tu poema sobre las ninfas inspiradoras Criseida y Briseida. Pero no sé cómo elaborar el tema en mi nueva película. Quisiera rodarla con el ojo del alma, o mejor, con el ojo de un enfebrecido admirador. Sin embargo, no siento nada, ni fiebre ni admiración.” Digo: “Hubiera sido mejor darle a ese poema el título ‘Melpómene y Terpsícore’, o sea, musas verdaderas.” Tony objeta: “No, nada que ver. Criseida y Briseida son perfectas.” Confieso: “Ese poema lo escribí sin la ayuda de ninguna musa. Y, francamente, no me salió tan mal. Te digo más. Escribí dos novelas inspirándome en la misma musa de carne y hueso. Y las dos fueron fracasos rotundos. A lo que me voy, la verdadera musa es bien prosaica: es trabajo duro, sudar la gota gorda. No te preocupes, Tony. Te voy a ayudar con el guión. Pero te aviso, escribir guiones no es un placer, sino un rollo.” Sebastián dice: “Yo te voy a ayudar también, tío Tony. ¿Te gustó la leche con miel?”
Al día siguiente, yendo con el taxista don Braulio Robles rumbo al kínder alemán, mi hijito mira hacia la fuente danzante de la alameda Trompillo y dice: “Listo. Ya las vi, papá.” Pregunto: “¿De qué me estás hablando, hijo?” Sebastián responde: “Vi a dos niñas.” Quiero saber dónde precisamente. “Ya se fueron. Una estaba con su padre y la otra estaba con un amigo. Yo sé, papá, que las dos niñas son primas.” Don Braulio pregunta: “¿Son bonitas?” Continuará.

 

 

Allart Hoekzema Nieboer MIGAJAS

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